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Ítaca
Estampas dálmatas (y III)

Pedro J. Bosch
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Volvemos a Croacia y nos encaminamos a Korcula (pronúnciese korchula), la "pequeña Dubrovnik", atravesando la vinícola península de Peljesac, cerca de setenta kilómetros de carretera sinuosa y escarpada desde la que se divisa el paisaje insuperable de un mar que parece lago, siendo como es un canal entre islas y el continente. Los rincones menorquines se suceden, una miríada de calitas de transparentes aguas verdiazules, discretas plataformas para bañistas que no menudean en este cálido y despejado septiembre en que deambulamos por estas tierras, entre maravillados y perplejos: ¿Cómo es posible que entre tanta beatífica belleza haya estado siempre la trifulca a flor de piel? Primera parada en Mali Ston, a la entrada de Peljesac, al atisbar un recoleto rincón marinero que promete sensaciones auténticas. Sólo se escucha el graznido de algún ave y el eco mortecino de una retransmisión religiosa dominical. "Es una misa católica" nos revela, con un deje de orgullo una afanosa y servicial mujer mientras nos abre unas ostras de su rudimentario vivero y un vino blanco manifiestamente mejorable. Parque natural, Mali Ston ofrece además de un puerto coquetón una impresionante visión de la muralla de más de cinco kilómetros que la une a Ston. Tras una interminable secuencia de imágenes de postal, llegamos a Orebic, al noroeste de Peljesac, principal centro de actividad marítima de la antigua Ragusa, para embarcar, coche incluido, en el ferry que nos debe llegar a la isla de Korkula, a su capital homónima. Mientras navegamos sin esperas ni dilaciones, no podemos evitar pensar en una ligazón parecida entre nuestras islas, aunque en estos momentos de arrobo viajero preferiríamos no articular comparaciones especialmente odiosas, preocupados como estamos por el devenir turístico menorquín, embarrancado en un modelo de lindes indefinidos (a la vista de tanta placidez, se me ocurre un lema sobre la marcha: "Menorca, un destino tranquilo") , y al albur, por ejemplo, del definitivo despegue de esta zona dálmata, a poco que consolide su actual estabilidad. Recorremos las calles de esa Dubrovnik miniaturizada que es Korcula capital, evocando aspectos históricos que le resultan familiares al viajero, no en vano vio sucederse a franceses, ingleses y también austriacos hasta 1918, en que fue integrada en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Tras dar buena cuenta de un suculento arroz negro a la orilla del mar, bajo las murallas de la ciudad, nos dejamos perder por la isla hasta encontrar una preciosa ensenada con las montañas de Peljesac al fondo, donde nos zambullimos con ilusión infantil y con melancólica sensación de fin de periplo. Al día siguiente, las televisiones norteamericanas nos dan los buenos días con una retahíla de imágenes más o menos truculentas sobre el 11-S. No hace falta, no olvidamos. Jamás se borrarán de nuestras retinas aquellas pavorosas estampas, como las de nuestro zarandeado11-M (¡qué maravilla de semana sin conspiraciones!). Como tampoco olvidan los ciudadanos de Dubrovnik, a cuyas burbujeantes calles volvemos para despedirnos. Visitamos el Palacio Sponza donde nos estremece la exposición permanente de su particular holocausto de hace sólo quince años, imágenes de rostros jóvenes, sonrisas marchitadas por la sinrazón de la guerra, edificios que son, como toda la ciudad de Dubrovnik, patrimonio de la humanidad, humeantes, masacrados, estampas de muerte y destrucción, memoria que se mantiene indeleble con una preocupante e inequívoca leyenda: "Asesinados por los bombardeos serbio-montenegrinos". Así sin eufemismos políticamente correctos, con toda su crudezaŠ¿vengativa? Inmersos de nuevo en el bullicio nocturno de la ciudad, el viajero no puede dejar de maravillarse de la capacidad del ser humano de sobreponerse a los horrores que él mismo genera, y de cómo es capaz de dar la vuelta a las situaciones más adversas. Este país joven que hemos recorrido estos días con profunda admiración no exenta de perplejidades diversas, tiene todo en sus manos para mejorar su destino histórico. Me lo reafirma el director del hotel en el que nos hospedamos, en la turística pero nada agobiante península de Labad. "Nosotros no tenemos problemas de estacionalidad", me comenta ante mis informaciones sobre Menorca, "Dubrovnik, es una joya dotada de magnetismo en cualquier época", concluye. Sentados en una terraza, admiramos la singular belleza de sus mujeres, cabellos negros y ojos de azabache algunas, rubias de reflejos esmeralda otras, tan fascinantes como su propio país de países. A través de esos destellos, el viajero hace votos para que nunca más se impongan en estas hermosas tierras los delirios religioso-nacionalistas sobre la imprescindible alianza de valores. El día que sean capaces de ver las banderas como lo que deberían ser, meros objetos folklóricos, y la religión como un asunto privado, habrán iniciado un camino que no debería tener retorno. Ya en el aeropuerto, tomamos una cañas (hoy conduce otro) con dos tenientes españoles del contingente de Eurofor en Mostar. Son dos chicos listos y comunicativos (demasiado madridista uno de ellos, para mi gusto). Nos cuentan que se van ya dentro de un año, que todo está tranquilo, pero que no acaban de fiarse, hay demasiados odios soterradosŠ y miles de minas sin desactivar. En fin, volver a la cruda realidad.
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