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23 de mayo de 2012
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Breve curso de risoterapia

Alejandro Río Carreras  29/01/2010

A Fernández, el “pelota” de la empresa, se le ocurrió sugerirle al jefe, dado el ambiente tan tenso que reina últimamente, organizar un curso de risoterapia. Le estuvo metiendo un rollo impresionante sobre la importancia trascendental de los recursos humanos de cara al rendimiento y la productividad, y parece que la propuesta no cayó en saco roto como otras veces.

- Muy bien, Fernández, creo que puede ser una excelente idea, y espero que se noten sus efectos beneficiosos en la cuenta de beneficios, je, je (al jefe le gustaba hacer jueguecitos de palabras)- En cuyo caso, podríamos hablar de un aumento de sueldo, ¿eh, jefe? – se atrevió a soltar satisfecho.
- ¡No se haga el gracioso, Fernández! – Y casi lo fulmina con la mirada.
Cuando llegó el día anunciado, el ponente contratado llegó con un retraso de media hora. Al ver las caras agrias de los presentes, se disculpó diciendo que se le había averiado el coche y les dijo que debían tomárselo con buen humor (como había hecho él) y que, en caso contrario, para eso estaba el curso.
Empezó sin más preámbulos a introducir el tema, hablándoles de lo importante que era la risa para la salud, el bienestar y el rendimiento laboral, contándoles alguna historia de curaciones milagrosas a través de sus efectos benéficos, como el caso de un pastor alemán (en este caso, persona) que había padecido una grave dolencia y que, gracias a su novedosa terapia, quedó completamente curado y risueño.

A continuación les entregó el programa de mano, que contenía entre otros, los siguientes puntos: - Definición de la risa: sus principales fases y estilos. El chiste y su relación con el inconsciente, según Sigmund Freud. La represión de la risa y la carcajada inevitable. La risa contagiosa y algunas maneras de propagarla. El mal humor y sus efectos perniciosos en el trabajo. Cómo ser el gracioso de la oficina.

La gente empezó a aplicar lo que allí se enseñaba y, al cabo de una semana, ya contaban chistes sin parar a sus compañeros de despacho, a los clientes, a los proveedores, a los acreedores… Todo el mundo llevaba la sonrisa puesta y algunos llegaron incluso a hacerse amigos. Historias de médicos, locos, matrimonios, borrachos o los inevitables “chistes verdes”, circulaban por doquier. Algunos con poca gracia y otros que te partías. Las risotadas llegaron a oídos de la dirección, que tuvo que emitir una circular para parar todo aquel desmadre. El colmo fue cuando Fernández, en lugar de pedir aumento de sueldo, pidió un “aumento de sueño” para llegar más tarde a la oficina.

Ante tales circunstancias, Fernández “el pelota”, fue fulminantemente despedido y, al pobre hombre, que todavía se encontraba bajo los efectos de aquel curso maravilloso, le dio un ataque de risa.

 

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