Mercosur sella con la UE un pacto crucial para el futuro del bloque suramericano

| Buenos Aires |

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Cumbre del G20, en Osaka

El presidente de Argentina, Mauricio Macri (i), y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker (d), participan en una sesión de valoración del acuerdo Unión Europea - Mercosur este sábado, durante la Cumbre del G20, en Osaka (Japón).

El histórico acuerdo de asociación estratégica que el Mercosur y la Unión Europea (UE) sellaron este viernes crea una de las mayores áreas de libre comercio del mundo, un pacto crucial para el futuro del bloque suramericano, que necesita ampliar su inserción internacional.

El acuerdo, alcanzado en Bruselas tras 19 años de complicadas negociaciones, llega además en un contexto global de tensiones comerciales, protagonizadas por China y Estados Unidos.

Para el Mercosur -bloque creado en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay-, un pacto con los Veintiocho representa nuevas oportunidades comerciales con un mercado de 500 millones de consumidores -con un PIB per cápita promedio de 34.000 dólares- y que ya es su segundo socio comercial.

Según datos de la Comisión Europea, en 2018 la UE exportó bienes a Mercosur por 45.000 millones de euros e importó desde el bloque suramericano por 42.600 millones de euros.
La UE es, por otra parte, el mayor inversor extranjero en el bloque suramericano, un mercado de 260 millones de personas.

«El acuerdo permitirá fomentar el comercio entre ambos bloques y también mejorar el marco institucional para el aliento de inversiones de empresas europeas en nuestra región», señaló Marcelo Elizondo, presidente del capítulo argentino de la Internacional Society for Performance Improvement (ISPI) y director general de DNI Consultores.

La intención de buscar este pacto quedó plasmada en un acuerdo marco de cooperación firmado en 1995 y que entró en vigencia en 1999, pero formalmente las negociaciones técnicas se iniciaron en Buenos Aires en abril de 2000.

Desde entonces se han celebrado algo más de una treintena de rondas de negociación, un proceso complejo, incluso con impases de largos años.

La dilatación de las conversaciones se explica por los fuertes intereses sectoriales que han primado durante mucho tiempo, en particular en ciertos productos agrícolas e industriales y en cuestiones ásperas como las denominaciones de origen, a lo que se han sumado períodos de tensiones políticas diversas que han desviado la atención y restado prioridad al proceso negociador.

Las conversaciones se reanudaron por última vez en mayo de 2016 con un intercambio de ofertas y desde entonces se celebró una quincena de reuniones de negociación, la última de ellas la celebrada esta semana en Bruselas.

En los últimos tres años ha sido notable el «empujón» político de alto nivel para cerrar el acuerdo que, además del impacto económico que representará para ambos bloques, constituye todo un mensaje para las renovadas corrientes proteccionistas en diferentes puntos del mundo.

La guerra comercial entre actores de peso global como Estados Unidos y China es una muestra de esta tensión en el sistema multilateral de comercio basado en reglas que tanto la UE como Mercosur bregan por defender.

El pacto llega además en momentos en que el bloque suramericano se encontraba imbuido en una mirada introspectiva, explorando alternativas para «modernizar» el funcionamiento de la unión aduanera.

Aunque las críticas internas del Mercosur no son nuevas -durante años Paraguay y Uruguay, las economías más pequeñas del bloque, expresaron quejas a sus socios por las asimetrías sufridas-, hace un año todos sus miembros coinciden en una insatisfacción generalizada por los frutos magros del proceso integrador.

El comercio intra-regional ha perdido peso, a lo que se sumó un cierto clima de frustración por la demora en las negociaciones con la UE y la incapacidad para sellar otros acuerdos comerciales de peso.

En este contexto, algunos socios llegaron a plantear la necesidad de flexibilizar las normas del bloque hasta el punto de permitir a los miembros negociar acuerdos comerciales en forma bilateral, fuera del Mercosur.

Ahora el pacto con la UE no sólo le da nuevo oxígeno a la dinámica interna del bloque suramericano, sino un horizonte más prometedor de oportunidades comerciales, en particular para economías en problemas, como la de Argentina, sumida en recesión desde hace un año, y la de Brasil, con tibio crecimiento en 2018.

Según Elizondo, el acuerdo es para «celebrar», especialmente para Argentina y Brasil, «que tienen índices de participación del comercio internacional en sus economías que equivalen apenas al 60 % del promedio mundial», y, a la vez, en particular para Argentina, que «tiene un stock de inversión extranjera que implica solo 3,5 % del total hundido en Latinoamérica».

La UE es ya el segundo mayor socio comercial de Mercosur, representando el 20,1 % del comercio total del bloque suramericano en 2018.

Las mayores exportaciones de Mercosur a la UE en 2018 fueron manufacturas agrícolas, como alimentos, bebidas y tabaco (20,5 % del total), productos vegetales como la soja y el café (16,3 %) y carnes y otros productos animales (6,1 %).

Según el Gobierno de Argentina, país que preside este semestre el Mercosur, el acuerdo mejorará las condiciones de acceso de bienes y servicios al mercado europeo, con un tiempo de transición para la apertura comercial de los países suramericanos a los bienes y servicios que les exporte la UE.

Las exportaciones de la UE a Mercosur incluyen maquinaria (26,8 % del total de las colocaciones concretadas en 2018), equipos de transporte (13,3 %) y productos químicos y farmacéuticos (23,6 %).

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