Nueve pautas para gestionar y no fomentar una dañina competitividad entre hermanos

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Cuando un niño es pequeño cualquier cosa puede ser motivo de competición con sus hermanos. Desde quién es más rápido corriendo, quién dibuja o canta mejor, quién se come antes un trozo de tarta o quién quiere más a papá y a mamá. La rivalidad es tan frecuente como natural entre los pequeños, sin embargo, si no les enseñamos a gestionarla correctamente a la larga puede derivar en problemas que afectarán tanto a su relación fraternal como a la autoestima. De hecho, un estudio publicado en la revista Pediatrics, realizado entre casi 4.000 niños de Estados Unidos, reveló que aquellos que rivalizaban con mayor frecuencia manifestaban puntuaciones más altas en síntomas relacionados con la ansiedad y la depresión.

Por regla general, la competitividad entre hermanos está directamente relacionada con los celos y se origina en la mayoría de los casos por la sensación que tienen los niños de tener que ‘luchar’ - por expresarlo de alguna manera- por el amor y las atenciones de sus progenitores. Es por tanto, responsabilidad de los padres hacerles notar que les queremos y valoramos por igual, fomentar la empatía entre ellos y hacerles entender que las competiciones no tienen sentido. De esta manera, además, se les están enseñando a que en un futuro sean más tolerantes con sus iguales, a respetar a los otros, a ser más empáticos y menos egoístas e individualistas, y a alegrarse por los logros de los demás.

Pero, ¿cómo manejar la competitividad cuando ésta se instala en el seno familiar? Los especialistas en pedagogía terapéutica recomiendan seguir estas pautas para ayudar a los niños a aparcar la rivalidad entre hermanos:

- Entender que cada hijo es distinto y que no podemos pedirles ni esperar lo mismo de todos. Como ya hemos comentado, muchas veces los niños tienen miedo a ser desplazados por otro hermano, algo que puede generarle sentimientos negativos, inseguridad y baja autoestima. Es tarea de los padres trasmitir a cada uno de sus hijos que es único y valioso independientemente de cómo sean el resto de sus hermanos.

- Respetar las necesidades específicas de cada hijo. Tratarles igual no siempre funciona. En vez de intentar que todos hagan lo mismo y destaquen por igual es mucho mejor fomentar los intereses individuales de cada uno. Ni todos van a tocar igual de bien en piano ni a jugar al fútbol de la misma manera. Es fundamental que el niño desarrolle sus propias aficiones e indique cuáles son sus preferencias.

- Fomentar la cooperación y nunca la rivalidad. En casa es importante que se sientan parte de un equipo, una pieza fundamental de un engranaje en el que todos colaboran para el buen funcionamiento de la vida familiar. Todos aportan y nada es posible sin la colaboración de los demás. No se trata, por ejemplo, de quién friega más platos en un minuto, sino de que cada uno ayude a sus padres llevando a caba la tarea que más le guste.

- No compararles. A la hora de elogiar a los hijos funciona muchísimo mejor describir lo que ha hecho bien o el logro que ha alcanzado que compararlo con la forma en la que sus hermanos hacen lo mismo. Cuando marcamos las diferencias conseguiremos el efecto contrario: hacerles sentir mal, inseguros e incluso manifestar sentimientos de odio. Por otro lado, también es un arma de doble filo para el hermano que sale mejor parado porque sentirá la exigencia de seguir siendo el mejor.

- Pasar un rato con cada uno. Nada mejor para fomentar su autoestima que pasar ratos a solas con cada hijo. De esta manera podemos realizar actividades exclusivas que reflejen los intereses particulares del niño, animarle a que sea él mismo quién elija lo que quiere hacer. Es una manera de transmitirle que no es necesario que nos demuestre nada extraordinario para destacar sobre sus hermanos, que le queremos tal como es, que valoramos sus virtudes y habilidades y, sobre todo, estar juntos.

- No fomentar un ambiente donde hay que demostrar quién sabe más o hace más. Mas que inculcarles que todos deben llegar a la misma meta es mejor que reconozcan que cada persona tiene las suyas propias y puede alcanzarlas. Se trata de empoderarles, de que desarrollen su propio sentido de la autosuperación respecto a sus propias habilidades no a las de los demás.

- No provocarles frustración. En general son los propios adultos los que sitúan el listón muy alto. Si en niño no llega o no cumple con las expectativas de sus padres muchas veces esta situación le provoca estrés, tristeza y puede repercutir negativamente en sus relaciones sociales y a nivel escolar.

- Establecer reglas básicas de comportamiento entre los niños que eviten los enfrentamientos como por ejemplo no criticarse ni corregirse los unos a los otros.

- Por último, los psicólogos de MayoClinic recomiendan practicar la escucha activa de los hijos cuando estos rivalizan con frecuencia: “Tener hermanos puede ser frustrante. Permítele a tus hijos que se desahoguen y expresen los sentimientos negativos que sus hermanos les producen. Reconoce sus sentimientos. Si tiene hermanos, comparta las historias de conflictos que tenías con ellos en tu infancia”.

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