Cuando el juego pasa a adicción: lo que esconden Fortnite y otros videojuegos de moda para enganchar a tus hijos

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Esta semana el mundo se echaba las manos a la cabeza al conocer la historia de Juan Juanito. Juan Juanito es un joven de 15 años de Castellón que ha llenado durante los últimos días páginas y páginas de periódicos y minutos de telediarios al convertirse en el primer caso clínico a nivel mundial de un menor hospitalizado por su adicción al videojuego ‘Fortnite’.

Obviamente, ‘Juan Juanito’ no es su verdadero nombre, pero ese es un factor que no cambia el hecho de que este quinceañero llegaba a jugar entre 18 y 20 horas al día, con una dedicación casi exclusiva, y que para tratarle tuvieron que hospitalizarle, ya que era la única manera de desintoxicar al joven de su adicción al juego de la empresa Epic Games.

Según dice literalmente el equipo de investigadores del Hospital Provincial de Castellón, la Universitat Jaume I y el Hospital General Universitario de Castellón que ha publicado el caso de Juan Juanito en la Revista de Psiquiatría Infanto-Juvenil le trataron “como si fuera un adicto a la heroína”.

Xavier Gerbolés Llorente, psicólogo en Therapychat y especialista en Adicciones, afirma que “los videojuegos no son adictivos per se, pero sí tienen características que los hacen potencialmente adictivos. Partimos de que es algo al alcance de cualquiera y que tiene una función específica: entretener”.

Pero estos no son los únicos factores, ya que en ese universo los gamers se crean su propio alter ego, con el que conocen gente nueva y por el cual -si son buenos- se les valora mucho en la comunidad. “Todo esto enfocado al logro, ganando prestigio y admiración entre otros jugadores. Esta disociación ‘positiva’ -para ellos- les genera un interés mayor de evadirse de la realidad para identificarse en el avatar del juego”, indica Gerbolés.

Todos estos estímulos, continúa explicando, “activan el sistema de recompensa que libera dopamina al cerebro, la dopamina es el denominado neurotransmisor del placer, y es este mismo sistema dopaminérgico el que provoca una sensación muy positiva en el jugador, semejante al de un adicto a determinadas drogas”.

Como siempre, la clave está en la mesura. El psicólogo insiste en que “los videojuegos no son algo negativo, sino más bien lo contrario”. “Pueden mejorar la capacidad de respuesta, el trabajo en equipo, la creatividad, el liderazgo y ser un puente para socializar y aprender idiomas. El problema es que se conviertan en un mecanismo de evasión para huir del aburrimiento y la frustración, y no en una opción más para poder disfrutar y pasar un buen rato solo o en familia”, destaca.

En la actualidad los últimos estudios indican que alrededor del 40% de la población mundial juega a videojuegos. El crecimiento ha sido exponencial debido al avance de la telefonía móvil. Mientras que en el pasado para jugar a videojuegos tenías que ir a un salón recreativo o ser de los afortunados que tenía una consola, hoy el perfil del jugador ha cambiado significativamente: solo el 8% son jugadores dedicados a consolas.

La sociedad se ha adaptado muy rápido a tener en la mano el móvil para cualquier momento, de la misma manera que han entrado las redes sociales, también han encontrado su hueco los videojuegos”, comenta Gerbolés.

Sin embargo el experto señala que la clave para combatir comportamientos adictivos entre los menores no está en desterrar los videojuegos: “Es importante no criminalizar los videojuegos ni tener prejuicios, ya que eso generará una brecha entre los hijos y los padres. Lo mejor es informarnos sobre el juego que le interesa al niño o adolescente y tratar de convertirlo en un espacio dónde compartir momentos juntos y pasarlo bien”.

Recuerda que también es crucial tener clara la diferencia entre un uso excesivo y un uso saludable. “Hay que hacerse las siguientes preguntas: ¿Cuánto tiempo le dedica mi hijo a los videojuegos? ¿Está afectando a su vida familiar, social o académica? ¿Es un foco de malestar o frustración significativo? Que a un adolescente le dé por jugar más durante un periodo concreto como vacaciones o el lanzamiento de un juego es natural, dale margen e interésate”, aconseja el psicólogo especialista en adicciones.

Gabriela Paoli, psicóloga y autora del libro ‘Salud digital: claves para un uso saludable de la tecnología’, coincide con Gerbolés y considera que es necesario que los padres acompañen al menor en la elección del juego y que establezcan normas, claras y bien explicadas.

Recientemente, China anunciaba una nueva ley que limita el acceso a los videojuegos para los menores de edad: solo podrán jugar una hora los viernes, sábados y domingos, de 20:00h a 21:00h. Es decir, que el tiempo de juego será como máximo de tres horas a la semana.

Sin embargo, más que prohibir o castigar con los videojuegos, estos expertos priorizan la idea de educar y negociar los límites de horas de juego con los hijos, hablar abiertamente llegando a un acuerdo. “Pero para educar en tecnología debemos saber sobre ella y, además, implicarnos. Y esto cuesta trabajo, mucha paciencia y tiempo”, sostiene Paoli.

“Hay que evitar usar los juegos como chupete emocional, para distraerlos o calmarlos, porque ahí hemos perdido la batalla”, añade la experta.

Tal y como destaca Paoli, es importante aclarar que con una hora o dos de videojuego, el cerebro se entretiene, pero con más de dos horas, el cerebro se estresa y cansa.

Además, hay que tener en cuenta el momento evolutivo en el que se encuentran los menores: aún no está del todo desarrollado su cerebro o su sistema nervioso ni consolidado su cortex pre-frontal, la parte del cerebro encargada del control de las funciones ejecutivas, incluida la impulsividad, la inhibición de la conducta o la planificación, entre otras cuestiones que son fundamentales para no caer en un uso abusivo de los dispositivos o videojuegos.

Y, por último, hay que ser ejemplo. “Al final como padres tenemos que ser la figura en la cual nuestro hijo aprenda, para poder poner límites y tener una buena vinculación tenemos que ser los primeros en dar ejemplo, si prohíbes a tu hijo jugar a videojuegos, pero luego estás con el móvil en exceso en su presencia, envías un mensaje contradictorio”, valora Gerbolés.

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