La educación como eje del progreso

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Según el filósofo y economista Amartya Sen (Premio Nobel de Economía por su contribución al análisis del bienestar económico, 1998) la pobreza no debe entenderse solo como consecuencia de un insuficiente ingreso económico sino como un proceso más complejo, definido por la falta de capacidades por parte de las personas para poder desarrollarse por sí mismas y alcanzar el bienestar desde el punto de vista de las oportunidades.

En este sentido, Amartya Sen define la pobreza como la privación de capacidades (Developement as Freedom, 1999). Esta definición motivó, a partir de la década de los 90, un cambio drástico en la medición del bienestar, en especial con la utilización del Índice de Desarrollo Humano (IDH) por parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En este sentido, la educación se erige como uno de los pilares clave para aumentar la calidad de vida de las personas, amplificar sus capacidades y aumentar las posibilidades de obtener un trabajo mejor remunerado.

Asimismo, un elevado nivel de educación es igualmente determinante para disminuir la desigualdad de las próximas generaciones, puesto que facilita la inserción en el mercado laboral y disminuye la brecha salarial, generando un círculo virtuoso positivo (Poverty reduction and growth: virtuous and vicious circles, Banco Mundial, 2006). En efecto, ante un desigual recurso económico, la igualdad de conocimientos otorga a las personas equilibrio en el acceso al empleo y la retribución salarial.

Por otro lado, la calidad de la educación y el incremento de los años de estudio se correlacionan positivamente con el incremento del PIB de los países, la inclusión social y la equidad. Se debe considerar que una sociedad con un elevado nivel de educación es más competitiva, productiva y puede beneficiarse, en mayor medida, del progreso técnico y la innovación que, a su vez, derivan en notables aumentos de valor añadido y productividad de los factores.

La educación y la formación se revelan clave como estímulo del progreso social y económico de las regiones en una economía mundial globalizada y altamente competitiva en el sector del conocimiento y la innovación.

En consecuencia es indispensable conectar la sociedad con el avance científico y técnico, así como desarrollar proyectos de Investigación, Desarrollo e innovación (I+D+i) con el objeto de incrementar la competitividad del tejido productivo local y facilitar nuevos modelos de negocio en torno a las nuevas tecnologías (sector cuaternario).

A este respecto, la innovación debe concebirse como un elemento transversal que debe estar presente en todos los ámbitos económicos. De hecho, el estudio realizado en 2015 por Goos, Konings y VandeWeyer muestra que el empleo high-tech (definido, de forma amplia, como los trabajadores de los sectores de alta tecnología) ha crecido el doble que el empleo global en toda Europa en la última década.

Pero, además, estos autores demuestran que, por cada empleo high-tech creado en una región, se han generado cinco puestos de trabajo low-tech en esta misma región, debido a la existencia de un multiplicador de los puestos de trabajo high-tech en el ámbito local.

En definitiva, la atracción del talento, el trabajo colaborativo y en red, las TIC, la I+D+i son una realidad que Menorca no puede obviar, máxime porque cuenta con recursos idóneos para su desarrollo (Parc Bit, sede de la UIB, etc.).

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