El economista Antoni Riera. | Jaume Morey

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Ni siquiera una mente como la suya, acostumbrada a bucear entre datos, es capaz de recordar cuántas entrevistas habrá concedido a lo largo de su vida. Pero ese, advierte, era otro Antoni Riera (Santa Margalida, 1969). Ese era el Antoni Riera «divulgador» y hoy le toca asumir otro papel. Como arquitecto de la hoja de ruta llamada a redefinir la estrategia turística de Balears en las próximas décadas, la responsabilidad es mucho mayor, por lo que Riera se coloca ante la grabadora con la voluntad de «fijar una posición» y, si es necesario, «poner unas gafas al lector».

Sobre sus hombros ha recaído la misión de coordinar el grupo de expertos del Pacto por la Sostenibilidad. ¿Cómo avanza ese proceso?
El grupo de expertos, junto a doce grupos de trabajo y la propia Mesa para el Pacto conforman el «espacio de transición» que el Govern ha articulado para reorientar la gestión del turismo y superar el enfoque tradicional centrado exclusivamente en satisfacer al mercado y minimizar sus impactos. Eso abre un proceso de transición a gran escala que aspira a transformar estructuralmente pautas de comportamiento, obligaciones, derechos, modelos de consumo, sistemas de producción… Todo ello para consolidar un patrón de crecimiento turístico sostenible, en un momento en que se acepta que el actual no lo es. Se ha excedido la capacidad de carga de muchos factores relevantes, dando lugar a problemas económicos, sociales y ambientales.

¿Cómo han definido los grupos de trabajo?
Un proceso de transición de esta envergadura debe estar sujeto a un marco. Si no existe uno de referencia hay que crearlo antes de empezar. Por suerte, el marco de referencia que propone el World Economic Forum en materia de desarrollo turístico es ampliamente aceptado a nivel internacional y, además, confiere al turismo una doble responsabilidad que es la misma que demanda la sociedad balear en estos momentos: que el turismo contribuya al desarrollo y la prosperidad, y que sea proactivo y decisivo a la hora de afrontar y dar respuesta a retos globales, principalmente, los relacionados con la desigualdad económica, el cambio climático y la contaminación, la innovación tecnológica y la conectividad global. Hay un marco internacional que le está pidiendo al turismo lo mismo que le pide la sociedad balear.

Las proyecciones de crecimiento turístico y demográfico nos pintan un futuro mucho más complicado.
Las proyecciones son siempre importantes y hay que leerlas con atención. Pero hay que recordar que se trata de proyecciones, no de predicciones, y que no tienen asignada una probabilidad de ocurrencia. Solo proyectan el escenario futuro, digamos a 2040, a partir del escenario actual y de las tendencias que se observan. Si ese escenario futuro, no agrada a la sociedad, por los motivos que sea, se debe dotar de los mecanismos necesarios para, primero, visionar un escenario distinto, incluso de ruptura; y, segundo, acometer una reflexión-acción en estas materias. Hoy Baleares, cuenta con este mecanismo.

¿Habrá sitio en el documento final para la palabra decrecimiento?
Creo que se está abusando del término. Si usted me pregunta por si hay sitio para políticas de decrecimiento de flujos demográficos o turísticos, le diré que utilice otros verbos que cuentan con una mejor definición en los diccionarios: disminuir, reducir, menguar, aminorar. No nos dejemos engañar por palabras de moda que no aplican a este tipo de contextos.

¿Pero es posible reducir la presión?
Sí. No solo lo concibo, sino que creo que la sociedad está demandado un escenario futuro de menor presión demográfica. Y, si estoy en lo cierto, habrá que identificar los objetivos y las vías para alcanzarlo. A mí, solo se me ocurre una forma: desacoplar el crecimiento económico anual del archipiélago, del aumento creciente de población, trabajadores, turistas internacionales y otros factores de producción que Baleares utiliza de forma intensiva

¿Restringir o limitar las llegadas es una opción?
No es cuestión de que una estrategia sea fácil o difícil, sino de que sea posible, viable y eficiente socialmente, que sea la mejor y menos costosa respuesta para la sociedad. Limitar las llegadas no es posible porque el ordenamiento jurídico español y europeo no nos lo permite. Pero, aun imaginado que fuera posible, le puedo asegurar que no es viable, no es la mejor solución al «gran problema» que afrontamos. Actuar de forma aislada o parcial sobre el número de cruceros, de turistas, de residentes, de ferias, de coches… sea para aumentarlas o para reducirlas o reasignarlas no puede hacerse sin tener en cuenta las interrelaciones complejas que se dan dentro del sistema turístico balear. No existe una relación simple y recta entre causa y efecto, sino una interacción compleja que puede dar lugar a resultados impredecibles.

Insiste en que la saturación es solo el síntoma, no la enfermedad.
Sí, por supuesto. La saturación es uno de los muchos síntomas que padece la sociedad como consecuencia de un gran problema al que llevamos más de 20 años sin mirar de frente: la forma en que Balears crece y genera bienestar. No podemos seguir tratando de forma simple, fragmentada o parcial los problemas que tenemos, como hemos hecho los últimos 20 años.

¿Hay riesgo de que nos empobrezcamos en todo este proceso?
No es mi temor: llevamos 20 años empobreciéndonos. En el año 2000, la renta per cápita de un ciudadano de las Islas era un 22,8% superior a la de un ciudadano europeo, hoy ya es un 10% inferior. Hemos ampliado el diferencial entre ellos y nosotros en nuestra contra. Y seguiremos empobreciéndonos, año tras año, hagamos lo que hagamos, hasta que no desterremos un patrón de crecimiento económico que viene imperando desde los años 60 y que ha sido incapaz de transitar del volumen al valor cuando debía.

¿Y cuándo debía?
A mediados de la década de los noventa. De la mano del primer boom turístico, Baleares fue capaz de provocar una revolución de productividad que situó a Baleares entre las 50 regiones más prósperas de Europa. La productividad aumentó en los 60 y los 70, pero tras alcanzar el máximo en 1994, la productividad empezó a ceder terreno. Después de 30 años seguimos sin haber recuperado ese nivel máximo de productividad y los impactos negativos del turismo no han hecho más que aumentar. En la última década apenas no hemos recuperado la suficiente productividad para mantener el bienestar al que aspira legítimamente esta sociedad.

¿Qué futuro prevé para las Islas de no hacer nada?
A estas alturas del partido, el riesgo ya no es la saturación, el crecimiento demográfico, el precio de la vivienda, el ruido y la desigualdad social, espacial, cultural… sino que perdamos la posibilidad de ordenar todo esto desde el turismo y seguir progresando. Es necesario reconocer que el turismo ha sido un ascensor social, pero tras un largo periodo de prosperidad también ha creado elementos de ruptura que están comprometiendo la capacidad del turismo de seguir siendo motor de progreso. Hoy, el riesgo es que el turismo ya no pueda seguir generando riqueza y bienestar.

Deberá lidiar con sectores que defienden mantras irreconciliables: ‘Vivimos del turismo’ y ‘El turismo vive de nosotros’.
Como economista, no tengo por costumbre valorar las opiniones ni eslóganes de nadie. Solo me interesan afirmaciones construidas a partir de datos objetivos que puedo contrastar. No obstante, hay que leer también con mucha atención los posicionamientos de los activistas. Recogen un sentir social, más o menos amplio, y hay que considerarlos siempre. Si miramos a lo que ha pasado hasta ahora, no hemos sabido dar respuesta a su malestar.

¿Los mejores momentos para acometer cambios traumáticos son los de bonanza económica?
Es mucho menos doloroso porque en las crisis es difícil tomar decisiones. Todas las regiones transitan sobre lo que son y lo que tienen, pero no todas tienen la suerte de poder seguir creando valor y bienestar. Baleares está obligada a transitar como en su día transitó Bilbao, pero, a diferencia de Bilbao, todavía puede hacerlo sobre amplias bases productivas en materia turística.