Festival de Música de Maó

El poder catártico de la música

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Un momento de la actuación

Un momento de la actuación

Miércoles noche. Platea a reventar dentro del escrupuloso respeto a la covid y… La    música de cámara se apodera de nuestros sentidos, el escenario del polivalente teatro del    Orfeó Maonès vistió sus mejores galas. El cuarteto Leonor y Kiev Portella hicieron    honor a las altas expectativas que el programa adelantaba y los melómanos allí reunidos    pudimos disfrutar de dos de los quintetos que ocupan los peldaños más altos de este tipo    de formación característica del Romanticismo.

En primer lugar pudimos disfrutar del gran Robert Schumann y su «Quinteto en mi bemol    mayor» dedicado a su alma gemela Clara Wieck. El quinteto, que se estructura en cuatro    movimientos, estuvo plagado de momentos sinfónicos, de guiños al entendimiento y al    trabajo en equipo, el cual, cuando se mesura y venera, es capaz de crear atmósferas y    realidades paralelas llenas de carisma y profundidad. La comunión entre el piano y el    cuarteto no pasó desapercibida y, así, los artistas consiguieron hacernos sentir los    valores secretos encerrados en la maravillosa música que el compositor escribió en    menos de dos meses.

Tras una breve pero merecida pausa para descansar y así poder crear un nuevo ambiente    sonoro, los intérpretes nos obsequiaron con el «Quinteto» de Cesar Franck, el cual también    tiene mucho que ver con el mundo de los sentimientos, pero, en este caso, como si del    mito de Vladimir Nabokob se tratara, Franck se vio inmerso en un amor atemporal hacia    una de sus alumnas; las nuevas llamas que hacían tambalear el trono de una vida habían    llegado como la erupción de un volcán y el compositor senior utilizó el cuarteto de    cuerda y piano para dar rienda suelta a sus más bajos instintos y al mar de dudas que le    atormentaban. De esta manera, las tonalidades ampliadas y las progresiones armónicas    modulantes se convirtieron en el leitmotiv que nos fue narrando los reflejos del alma    experimentada y curtida que, a su vez, se movía como un grácil pajarillo que está    descubriendo sus posibilidades en los primeros vuelos y aleteos. Con una estructura    clásica de sonata en tres movimientos en cuanto a la presentación temática y el    desarrollo formal, cabe destacar que es la pieza con más pianissimo y más fortissimo del repertorio de    música de cámara; sin duda, una gran batalla compositiva y musical que exige el    máximo a los intérpretes, música densa y angustiosa que consiguió poner en una    situación nueva a nuestras delicadas personalidades.

Kiev y el cuarteto Leonor fueron vitoreados por su gran actuación y tras varias salvas de    aplausos ofrecieron como propina el segundo movimiento del «Quinteto op. 81 en la mayor» de Dvorak, una de las obras cumbre de la música de cámara del Romanticismo tardío. Música casi minimalista en la cual los sostenes temáticos se anclan en el uso del    folklore eslavo y el desarrollo de patrones que se mueven entre la melancolía y la    exuberancia; sin duda, un manjar para los sentidos.

Ya nos acercamos a agosto amigos, y nuestra próxima cita tendrá lugar el siguiente    martes en el Claustre del Museu de Menorca, donde podremos disfrutar del Ensamble Plaer de ma vida.

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