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Lo de Piedrahita, el pasado domingo, en el Principal, sólo puede calificarse de extraordinario. Que un tío, con un micro y una silla infrautilizada, consiga hacerte descojonar durante una hora y cuarenta minutos tiene narices. Y no utilizas metafóricamente la palabra "kinders" por aquello de lo políticamente correcto. Por no mencionar que en el sacrosanto y emblemático recinto estaba todo el "Ramis" (me refiero a su alumnado). De aquí que, por un momento, creyeras que, en vez de asistir a un espectáculo, estabas haciendo una guardia de patio.

Pero a la salida -¿qué quieren que les diga?- caí en la cuenta de que el asunto me había cabreado. ¿Por qué? Porque caí en la cuenta, repito, de que mi vocación real no era ser celador de adolescentes hiperactivos e incomprendidos (fruto de familias desestructuradas) a los que había que comprender y amar y mimar y aprobar (sobre todo aprobar) para que las estadísticas nos dijeran que todo iba bien, aunque un alumno te denunciara que aquel "sofá" (qué sofá) se había "desfonsado" o que fulanito se había caído por las escaleras porque llevaba los zapatos "desacordados" o que menganito estaba gravísimo porque se le había extirpado la "basílica del Pilar" (léase vesícula biliar) o…

Lo mío, después de todo, no era eso. Y lo supe después de lo de Piedrahita… Lo mío, decididamente, era ser Piedrahita y no profesor de Secundaria. Para empezar, Luisito lucía una magnífica melena que, el muy cabrón, no dejó de acariciarse durante toda la representación. Por mi parte intenté hacer otro tanto, simbólicamente, claro, para gran satisfacción de los cuatro pelos que, como Astérix, resisten aún al invasor…

Pero es que, además, el muy puñetero, tiene un público entregado de antemano. ¡Qué gozada ver esas caritas de placidez cuando uno sale a "actuar"! Igualito que las que uno observa cuando entra en el aula 22 para explicar las oraciones subordinadas substantivas de Sujeto… Porque es relativamente fácil hacer reír hablando de condones, sobre todo si se confunden con chicles –otra ocurrencia de este genio del humor-. Pero a ver cómo extraes una sonrisa con una raíz cuadrada… ¿Y el decorado? ¿Qué me dicen del decorado? Que el tío tiene micro y una silla aterciopelada de rojo sensual y lucecitas…

¿Y tú? ¿Qué tienes tú? ¿Una tiza? ¿Un borrador volador? Si te dieran, por lo menos, un micro… Sí, eso sería ya otro cantar. Así, cuando le dijeras a X: "¡A la calle!", pues eso, que sería distinto. Como más contundente. Y a lo mejor el alumno se acojonaría, incluso, ¡ya ven! Pero la cosa no acaba ahí. Que van y que te dicen que sus gafas son de adorno, que no tienen cristales y eso, eso, joroba mogollón, porque las tuyas, y las de muchos profes, pues eso, que de adorno nada… Y, encima, que el tío te mira desde las alturas, desde el escenario, y a ti te han mangado hasta la tarima.

Y así no hay quien tenga autoridad, aunque estés inmerso en programas de "Aenor" y "qualitats" varias.

Y Luisito, Piedrahita, que va y que habla de la diarrea de Adán, y de sexo, e imita a las madres dominadoras… Y uno, por el contrario, pasa todo su espectáculo largando sobre el Complemento de Régimen Verbal y los lexemas y los pretéritos imperfectos… ¡Qué no hay comparación, oiga! ¡Competencia desleal! Y, por si fuera poco, a Luisito le escuchan. Y se ríen. Y no le insultan, ¡oigan! Y si Luisito le hubiera dicho a alguien del público que se quitara el gorro de marras, pues el tío que el gorro y los calzoncillos, si hace falta. "¡Cállate!" "¡Si, señor Piedrahita!" "¡Siéntate bien!" "Sí, señor Piedrahita, lo que usted mande, sr.Piedrahita".

Pero lo que jode, jode, es que Piedrahita no corrige exámenes, aunque quizás debiera hacerlo. Obtendría un material excelente para sus monólogos. Por las "basílicas del Pilar" y los "zapatos desacordados" y por lo del "sofá desfonsado" –digo-… Y por no mentar la pasta gansa, que esa es otra. Y por no hablar, también, ¡natural!, de las reuniones de equipos docentes. ¿Y de las reclamaciones de padres? ¿Hubo algún padre que se levantará de su asiento para decirle que no estaba explicando bien el monólogo a su hijo? Pues va a ser que no…

A la salida del espectáculo –extraordinario, verdaderamente extraordinario- pensé amargamente que mi padre, que era un gran santo, debería de haberme dado un guantazo cuando le dije aquello de que quería ser profesor. "Piedrahita, hijo, Piedrahita". Pero, como nunca es tarde si la dicha es buena, hablaré después de vacaciones con la buena de Joana, nuestra orientadora, para que incluya en sus folletos promocionales, una nueva salida profesional: Luis Piedrahita. Módulo de grado superior para ser feliz y hacer feliz a la gente.

A la salida del teatro, sí, decidí que, efectivamente, yo quería ser Piedrahita…