Damià en el barco, cerca de las Islas Orcadas (enero 2008) | D.G.B.

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La oceanografía física, el estudio de las corrientes y la dinámica marina, es su especialidad y gracias a ella pudo realizar uno de los viajes de su vida. Damià Gomis, doctor en Física e investigador del Institut Mediterrani d'Estudis Avançats, un centro mixto entre la Universitat de les Illes Balears (UIB) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha participado en cuatro expediciones a la Antártida, en los años 1994, 1996, 2008 y 2009.

En cada una de estas misiones al continente blanco permaneció navegando a bordo del «Hespérides (A-33)», el buque español de investigación oceanográfica polar. Cuando se le invita a recordar aquella experiencia, se nota en su rostro lo impactante del viaje a la tierra helada y lo difícil que resulta describirlo con palabras.

«La Antártida te impresiona», asegura Gomis, a pesar de que él es un viajero experto. Blanco en todas las direcciones, 360 grados a tu alrededor, icebergs de grandes dimensiones «bestias de hielo», rememora, y una fauna que bien vale las dificultades de la travesía: ballenas, orcas, pingüinos, focas, leones marinos y gran variedad de aves. De aquellas expediciones guarda detalles precisos: lo más duro fue «la bajada» en el barco, que zarpó desde la Patagonia a la Antártida, por el paso marítimo del Cabo de Hornos, en la zona austral de Chile; los temporales y los vientos de costado zarandeaban el buque, «tenías que dormir agarrado al colchón», recuerda. «Son dos días durillos, todo se caía, el barco tiene las dimensiones del 'Nura Nova', 80 metros de eslora, y en esa zona hay un cinturón de vientos muy fuertes, que rodean la Antártida y soplan continuamente».

El trabajo de este menorquín siempre fue navegando, no en tierra, aunque sí pudo visitar y «estirar las piernas» en las bases españolas en la zona, Juan Carlos I y Gabriel de Castilla.

En aquella primera expedición su equipo estudiaba la formación de remolinos en el mar junto a las Islas Shetland del Sur. En la Antártida, todo lo que está más allá del paralelo 60 Sur es territorio de todos y de nadie, patrimonio de la humanidad, explica Gomis, y el comité antártico, del que forman parte 46 países, regula lo que se puede hacer o no. No hay armas, ni actividades comerciales, el turismo es «en pequeñas dosis» y muy controlado, y se permite la práctica científica, también bajo regulación; las normas ambientales en las bases son estrictas.

Sin embargo, «la Antártida es un pastel muy goloso», opina el científico menorquín. Los países que realizan investigación en el continente helado entran a formar parte del comité antártico y «tienen derecho a votar» sobre lo que se hace en este territorio.

«Ahora ha pasado la mitad de la moratoria de 50 años que se acordó para no explotar económicamente la Antártida, donde hay minerales y se supone que también petróleo, no sabemos qué pasará en 25 años, cuando se deba decidir de nuevo su futuro», alerta Gomis. A modo de ejemplo, cita, países como Argentina y Chile tenían muchas bases, militares aunque desarmadas. Gomis espera que la Antártida siga siendo patrimonio de la humanidad.

El «Hespérides» está tripulado por 50 militares y en él viajan entre 35 y 40 técnicos y científicos. Cada año realiza una expedición en el verano antártico, porque no puede romper hielos muy gruesos. ¿Volvería este investigador isleño a navegar en el buque? «Quiero volver pero no sé cuándo», asegura, «me gustaría volver a ver todo eso otra vez».

El cambio climático se desconoce «solo por ignorancia o intereses»

Durante su experiencia en la Antártida, Gomis ya estudió fenómenos marinos y cuantificó datos relevantes para conocer y frenar el cambio climático. Ahora sigue centrado en ese proceso y en sus consecuencias, pero en el Mar Mediterráneo.

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¿Ha apreciado personalmente algún síntoma de ese cambio?

— Directamente sobre los animales es difícil decirlo, yo no los estudio. Lo que sí ves es que plataformas de hielo que antes eran estables ahora se están quebrando. Si hay más o menos icebergs de un año a otro es complicado afirmarlo. Se ha constatado por ejemplo que la temperatura de las aguas profundas, que es superestable, se ha elevado progresivamente, hay un calentamiento lento por el efecto invernadero. Eso no es ciencia ficción, el mar se está calentando.

¿Hay quien pueda dudar aún del cambio en el clima?

— En el ámbito científico el consenso a día de hoy es absoluto. Hay gente que duda por ignorancia y otra que lo hace por mala intención, por intereses. Los científicos podemos tener dudas sobre las cifras, sobre qué fenómenos son atribuibles al cambio climático y cuáles son por la variabilidad natural del clima. Sobre que tenemos un proceso de cambio en marcha no hay ninguna duda. Los científicos somos los más críticos, la ciencia duda siempre de ella misma. Hace 20 años hubiera dicho que aún hay cifras que se han de mirar mejor, ahora ya no, es todo tan evidente.

¿El nivel del mar sube?

— Tres milímetros cada año, los registros son clarísimos. En Menorca hay playas que si pueden recular lo harán, otras quedarán sumergidas. Tenemos un proyecto de cambio climático en Balears y estudiamos distintos tipos de playas. Una humanizada, como la de Palma, y otras como Son Bou, que aunque tenga hoteles tiene un sistema dunar. Son Bou podrá recular, pero la de Palma, que tiene un paseo marítimo y un muro de hormigón, no puede retroceder, no tiene unas dunas que pueden hacer que la playa se adapte. El futuro de cada playa y punto del litoral será muy diferente.

¿Hay recursos para estudiar y prever lo que sucederá en el Mediterráneo?

— Es el mar que tenemos aquí. El Gobierno español tiene el programa antártico pero evidentemente prioriza y los esfuerzos se centran en los mares y costas de aquí. Los científicos no podemos prever las emisiones de la humanidad en el futuro. Hay varios escenarios.

¿Cuáles son?

— Optimista, intermedio y pesimista; nosotros proyectamos previsiones según cada uno de ellos. El optimista es que se cumpliera el Acuerdo de París y que el aumento de temperatura de la atmósfera no pasara de 2 grados. El pesimista, si la humanidad pasa de todo, es que a finales de siglo lleguemos a un aumento de 4 o 5 grados. Espero francamente que no lleguemos, en el Mediterráneo pasaríamos a tener una vegetación semidesértica, como la del norte de África, solo se salvarían la cornisa cantábrica y los Pirineos.