Testimonios para blindar conciencias frente a las drogas

Dos internos del Centro Penitenciario cuentan su estremecedora historia en una actividad organizada por Debat a bat

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Miembros de Debat a bat y el terapeuta Enric Mas acompañaron a los dos internos del Centro Penitenciario en sus testimonios.

Miembros de Debat a bat y el terapeuta Enric Mas acompañaron a los dos internos del Centro Penitenciario en sus testimonios.

09-03-2018 | Javier Coll

Prisioneros de las drogas y también de la vida. Encarcelados en sus propias decisiones y con una libertad entre rejas. Dos presos del Centro Penitenciario de Menorca, con vidas marcadas por una adicción que les ha arrebatado todo, cuentan sus estremecedores testimonios. Han trasladado durante varias semanas a estudiantes de la Isla el calvario al que se han visto abocados por unas fatales decisiones en su vida, todas ellas con un mismo denominador común: las drogas. Una frase basta para constatarlo: «Creo que si a mí no me coge la Policía habría acabado muerto por sobredosis».

El objetivo de su presencia era claro. Concienciar a las futuras generaciones de que no caigan en sus mismos errores, hacerles reflexionar sobre las consecuencias y que, ante un posible caso cercano de adicción al alcohol o las drogas, actúen y no se pongan de lado.

En el marco de esta primera actividad sobre drogas, la plataforma Debat a bat celebró el viernes un acto abierto al público. Tras recorrer los centros educativos de la Isla, el evento culminó con un concierto en el Orfeón Mahonés en el que se pretendía demostrar que es posible divertirse sin necesidad de consumir ni drogas ni alcohol. Actuaron los grupos Organic y Baseless. El público pudo escuchar el testimonio de estos dos presos. Enmudecieron la sala.

«Ahora pago el daño que hice», revelaba uno de ellos, consciente de que las drogas «no tienen nada de bonito» porque «acaban fastidiándote a ti, a tu familia y a todo cuanto te rodea», aseguraba uno de ellos con una condena de cuatro años, tres meses y un día derivada de su adicción a las drogas. Y agregó, cabizbajo, que «éramos quince en el grupo, solo quedamos tres de vivos, los otros han fallecido por las drogas». Continuó que «lo he perdido todo, solo vienen a verme mis padres dos veces al mes, tengo dos nietos, solo conozco a uno, a mis hijos no los veo y perdí a mi mujer, me veo solo, excluido de la sociedad». Porque «lo peor no es estar en la cárcel, lo peor es salir y no tener a nadie», tal como han repetido ambos presos en las distintas charlas para estudiantes. A sus 44 años de edad reconocía que «llega un momento en que te planteas: o paro o acabaré en el cementerio con mis compañeros».

Con 36 años, mallorquín y con una condena de cinco años por un delito contra la salud pública por vender heroína, «y también consumirla», especificaba, «llegué al Centro Penitenciario de Menorca con 55 kilos y los brazos morados». Ahora, que ya disfruta de permisos penitenciarios, agradece la ayuda recibida para salir de su adicción porque «iba por muy mal camino». Es consciente que «este caramelo estará siempre en la calle pero cuando uno dice basta es basta». Le hubiera gustado acabar los estudios, «solo duré un mes en el instituto, por mucho que te prepares al estar consumiendo siempre hay dificultades a la hora de estudiar». Y hay cosas que «no me puedo perdonar» como no haber estado al lado de su hijo estos años, pero «hay que seguir adelante».

Aconsejaron no dejarse influir por los amigos o grupo porque las consecuencias pueden ser luego fatales. Y «espero que no tengáis que pedir ayuda por un tema de drogas, pero si tenéis que hacerlo, no os avergoncéis».

El acto celebrado en el Orfeón generó empatía y reconocimiento a estos dos presos. El público les trasladó su agradecimiento por sacudir consciencias, además de valorarles su valentía.

Hubo varios testimonios que quisieron compartir su experiencia. Fue el caso de un trabajador de ambulancia: «No os podéis hacer la idea de los chavales que vamos a buscar los fines de semana, con catorce y quince años» y narró un episodio, para él el más fuerte, de una chica que «tenía en sangre el equivalente a once rayas de cocaína» incluso le habían metido MDMA en el vaso. «Imaginaos a vuestros padres, recibiendo una llamada de que su hija está al borde de la muerte».

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