Menorquines con acento

«La vida en Menorca ha sido una lección»

Hicham llegó a la Isla para visitar a su familia, un lugar que ahora es su casa desde hace ya 16 años

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Hicham En Naanai

Hicham En Naanai.

Josep Bagur Gomila

La ficha

Nació el...
— 9 de septiembre de 1983, en Tetuán (Marruecos).

Actualmente vive en...
— Ciutadella.

Llegó a Menorca...
— En abril de 2004 de vacaciones, al poco tiempo se mudó definitivamente.

Ocupación actual
— Hostelería.

Estudios
— Derecho.

Su lugar favorito en la Isla es…
— Sa Farola, en Ciutadella. «La tranquilidad y la cercanía al mar me relajan mucho», dice.

Hicham tiene perfectamente grabada en la memoria la fecha de su llegada a la Isla. Aterrizó en ella el 28 de abril de 2004 para realizar una visita a la familia, pero al final la vida le llevó a cambiar de planes.

¿Qué le gustó del lugar?
—Las playas y, sobre todo, la tranquilidad y la paz. Eso fue lo que me llamó mucho la atención. Paz mental, paz interior y muchos sitios bonitos para visitar. Vengo de un sitio en el que el clima es casi igual que el de Menorca; un lugar de costa, con sus playas y con gente también muy acogedora, en una ciudad pequeña, Tetuán.

Relativamente pequeña, ya que ronda los 400.000 habitantes.
—Me refiero a si la comparamos con el resto de las ciudades de Marruecos. Es verdad que la ciudad se está haciendo cada vez más grande. Cuando yo me marché de allí, digamos que no estaba tan explotada como ahora.

¿A qué se refiere?
—Ha habido mucha inmigración interior. Ahora la sociedad está más mezclada, no solo con los nativos originarios de Tetuán, como antes. Es una ciudad fronteriza, al lado de Ceuta, y muy cercana al Mediterráneo. El mar y las playas vírgenes siempre llaman la atención. Pasa un poco como en Menorca, en agosto hay muchísima más gente, mientras que el resto del año nos conocemos todos. Cuando hay alguien de fuera se nota. Hay muchos españoles que viven en Tetuán, principalmente gente a la que la crisis le tocó a fondo.

Curioso que solo se habla de la inmigración en dirección al norte.
—Sí, pero hubo gente, muchos jubilados de Andalucía, que no podían vivir en España con la pensión y en cambio en Tetuán sí, donde el coste de la vida es mucho más barato. Con la crisis muchas empresas españolas se dedicaron a construir también en Marruecos, especialmente el norte, una zona del país que quieren convertir en turística al cien por cien.

Una zona con un gran potencial en ese campo.
—Hoy en día sí. Hay mucha costa virgen, tanto del Mediterráneo como del Atlántico. Y eso es un gran valor, dejando a un lado otros destinos más conocidos como Marrakech. Lo que se pretende es poner en el mapa turístico del país a ciudades que ahora no lo están, como Tetuán o Tánger.

Tetuán, que fue capital del protectorado español en Marruecos. ¿Sigue siendo el castellano la segunda lengua?
—Hay palabras que yo de pequeño pensaba que eran árabes y resulta que el origen era español, términos que muchas veces se utilizan cuando se habla el marroquí de la calle, no el que se enseñan en las escuelas, esa herencia ha quedado ahí grabada. Los españoles pasaron por allí y dejaron muchas cosas, y eso se notan en el idioma. Creo que por eso la gente de Tetuán tenemos más facilidad para aprender el castellano que el resto de los marroquíes. En el colegio se empieza a estudiar en árabe, luego el francés entra como lengua obligatoria y en bachiller te hacen elegir un tercer idioma, yo me decanté por el español.

¿Su familia llevaba mucho tiempo viviendo en Menorca?
—Mis familiares fueron llegando a la Isla por etapas. Mis padres vivían en Menorca, pero no pasaban aquí los años completos. Iban y venían, y justo cuando yo decidí quedarme ellos se fueron.

¿Qué fue entonces lo que le llevó a decidir quedarse?
—Yo había estudiado, pero si quieres lograr el objetivo que tienes en la cabeza resulta complicado, es difícil conseguir un puesto de trabajo. Nunca había tenido la idea de emigrar de mi país, mi ilusión era poder hacer algo en Marruecos, llegar a ser alguien algún día. Pero una cosa son los sueños y otra la realidad. He visto a amigos que han estudiado, licenciados, que llevaban tres o cuatro años sin poder encontrar un puesto de trabajo. Funcionaba un poco como si los puestos se pudieran comprar, soltar algo de dinero para conseguirlos.

Al revés, ¿pagar por trabajar?
—Sí, y estoy totalmente en contra de eso. Creo que cuando alguien paga, una vez que consigue el puesto, lo primero que va a hacer es robar para recuperar el dinero que invirtió. Y cuando uno se acostumbra a tener dinero fácil, las cosas van a seguir así. Yo quería hacer las cosas de otra manera.

Y eso le condujo a Menorca.
—Sí, aunque en principio de vacaciones. El sitio me gustó, me salió trabajo y lo cogí.

¿De qué trabajó?
—En la construcción, campo en el que no tenía experiencia. Yo hasta entonces no era más que estudiante y deportista. Jugaba al balonmano como portero del equipo de mi ciudad y llegué a la selección marroquí juvenil. Ya tenía mi vida organizada. Mi padre siempre me había dicho que había que estudiar, y que cuando dejara de hacerlo era el momento de trabajar, el punto en que uno ya es mayor y decide qué quiere hacer con su vida. La vida hay que ganársela, nada viene gratis.

Parece que no le costó mucho encontrar trabajo en la Isla.
—Sí. Lo que ocurrió es que coincidió con la época en que el presidente era José Luis Rodríguez Zapatero, que realizó una regularización de los inmigrantes.

¿Sus padres ya eran comunitarios?
—Sí, yo había llegado con un visado. Presenté la solicitud a ver si salía bien, y si no terminaba mis vacaciones y me volvía a casa. Al final salió bien.

¿Si no se hubiera vuelto?
—Sí, para seguir con mi vida de antes. En realidad no tenía nada proyectado.

Suerte que le pilló en la época previa a la crisis.
—Sí, trabajé unos meses en la construcción, y cuando conseguí los papeles comencé en la hostelería, rama en la que no tenía tampoco ningún tipo de experiencia.

Y ahora es todo un profesional del sector.
—Bueno, siempre hay que aprender más (risas). Llevó diez años en la profesión, aunque hice un parón de un par de años.

¿Cómo fue su adaptación a la vida menorquina?
—No tuve problemas en comparación con otros marroquíes que vivían aquí, hay gente que me contó sus historias y que lo pasó mal, que sufrieron. Yo, gracias a dios, nunca dormí en la calle, no pasé hambre ni tuve problemas económicos. Tener una familia aquí y un techo es muy importante, es fundamental para un inmigrante por la seguridad que te da. Además, con el tema de los idiomas no tuve problema, ya tenía la base del castellano, porque además hacía teatro en español en el Instituto Cervantes. En dos meses ya hablaba español casi perfectamente.

¿Y el menorquín?
—Lo hablo. Creo que para cualquier persona que habla francés y domina el español, el menorquín ya no es un misterio. Lo que más me costó del menorquín fue practicarlo, porque al principio me daba un poco de vergüenza.

¿Cómo queda el proyecto de acabar la carrera de Derecho?
—El problema es que aún no me han reconocido aquí mis estudios, solo el bachiller. Tengo tramitada la solicitud desde hace ocho años pero no avanza. Lo que me he planteado es empezar la carrera aquí, ya que el Derecho es diferente en cada país.

¿Ahora tiene la residencia permanente?
—Sí, de larga duración, para siempre. Tengo trabajo fijo, unos siete u ocho meses en temporada, y en invierno lo que hago es dedicar tiempo a recuperarme.

¿Y eso?
—La hostelería resulta dura. Al final de cada temporada pierdo hasta cerca de 8 o 9 kilos. Hay que tener en cuenta que estamos trabajando al lado del mar, con mucha humedad, con sol directo, muchas horas… El estrés muchas veces te quita las ganas de comer y todo eso pasa factura.

¿Qué le gusta hacer en los meses que no trabaja?
—Lo primero, cuando acabo el trabajo es tomarme una semana sabática para hacer absolutamente nada, solo dormir y comer para recuperarme física y mentalmente. Luego, me gusta hacer deporte y apuntarme a algún curso, aprovecho. Y por supuesto, aprovecho para viajar y visitar a mi familia.

¿Se ve aquí a largo plazo?
—No tengo ningún plan. No puedo decir si voy a pasar aquí toda mi vida o no. Cuando vine no pensé que me iba a quedar y mira, ya han pasado 15 años. Aquí, de momento, estoy bien, me gusta la tranquilidad y la gente y tengo estabilidad laboral. El día que no tenga esa estabilidad, ya pesaré en cambiar. Ahora estoy bien aquí. Lo que me ocurre es que a veces, cuando regreso, ya me siento como inmigrante en mi país.

¿Qué ha supuesto en su vida esta etapa menorquina?
—La vida en Menorca ha sido una lección, como una clase en la que has aprendido un montón de cosas. La mentalidad de pensar ha cambiado mucho en estos 15 últimos años. Llegué muy joven y he disfrutado. Se podría dividir en tres etapas: los primeros cinco años fueron de aprendizaje, de equivocarme y disfrutar también, daba menos importancia a lo que es la vida, pensaba menos en el mañana. Luego vinieron los cinco años de crisis, que me hicieron saber qué es la vida realmente y lo que cuesta ganar el dinero, una etapa un poco dura para mí. Y la última, desde 2015 hasta ahora, ha sido la etapa en la que he visto los resultados, en la que aplico todo lo que he aprendido. ¿La próxima? Habrá que esperar a ver (risas).

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