El torrente que llega a Cala en Porter, a su paso por Santa Eularieta, en el Camí d’en Kane. | Gemma Andreu

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El cauce del torrente hormigonado que acelera el agua; los puentes bajos y planos que la frenan y provocan desbordes; los trazados modificados, estrechos y con giros bruscos que generan saltos; la falta de elementos etnológicos como trencades o fortins que frenan el caudal; la acumulación de tierras y cañizos en los lechos que crean tapones y provocan crecidas; o la ausencia de vegetación de ribera en los márgenes que ayudan a mitigar su ritmo. Estos son algunos de los factores que confluyeron el pasado 21 de septiembre, cuando las fuertes lluvias caídas, especialmente sobre Ferreries, ocasionaron fuertes riadas e importantes daños en el municipio del peu de s’Ermita.

Todos estos factores, que se repiten peligrosamente en otros puntos de la Isla, convierten los torrentes en focos de riesgo latentes. Nunca sucede nada, pero cuando las lluvias aprietan, cuando ya es tarde, surgen los lamentos. Esta fue la principal reflexión surgida de la jornada organizada el jueves en Ferreries por el Observatori Socioambiental de Menorca (Obsam), para analizar las causas de las torrentades y esbozar soluciones.

Fallo del concepto

El botánico Pere Fraga, que repasó las características de los torrentes, considera que la red fluvial debería entenderse como un todo, como un «hábitat de conectividad, de agua y biodiversidad». Un cambio de concepción que ayudaría a entender que los cauces no deben alterarse arbitrariamente, que hay que respetar su morfología en todo su trazado. Solo con eso se daría un paso importante.

Como apuntó David Carreras, del Obsam, «los torrentes son los grandes olvidados» hace décadas y han sufrido continuas intervenciones que no han hecho más que aumentar su peligrosidad. Es así que en su transcurso por el campo, los trazados se han visto alterados desde los siglos XVIIIy XIX, por la actividad agraria y por la creciente urbanización de zonas rurales. Se han ido suprimiendo acequias que ayudaban a desalojar los excesos de lluvias; y se han modificado erróneamente los trazados, que hoy presentan tramos muy estrechos e incapaces de contener el agua. Sucede en Es Plans, en Alaior, o en Cala en Porter, donde el torrente queda arrinconado en un lateral de la playa y con apenas unos metros de cauce.

Las dimensiones de la red fluvial hacen muy difícil poder actuar en todos los torrentes —a cientos—. Lo apunta Pedro Sáez, responsable en Menorca de la Dirección General de Recursos Hídricos del Govern, quien aseguró que a menudo es muy difícil solucionar los problemas que se encuentran. Como muestra, los 16.000 metros cúbicos de tierra que retiraron del torrente a su paso por Binissues.

En este sentido apeló Sáez a fijar acuerdos con los agricultores para que, cuando Recursos Hídricos actúe, luego se comprometan a respetar los cinco metros que hay de dominio público, a ambos lados del cauce, y a hacer sencillos mantenimientos anuales para que tierra y maleza no afloren de nuevo.

Experiencias positivas

Con la premisa de que tormentas de 170 litros como las de septiembre son prácticamente imposibles de controlar, sí que es cierto que hay experiencias en Menorca que apuntan maneras de cómo minimizar los efectos de las grandes precipitaciones. El ingeniero técnico agrícola Francesc Font expuso el ejemplo del lloc de Son Felip, en Ciutadella, donde solo labran 25 de sus 400 hectáreas de cultivos y aplican la técnica de línea clave, aprovechando al máximo la orografía del terreno. «Queremos que el agua se quede en la tierra el máximo posible, es el mejor abono que hay», afirma. Además, en Son Felip «hacemos que las vacas pasten en el cauce del torrente».

El resultado en el último temporal es satisfactorio: «en las tierras labradas el agua se llevó un palmo de tierra, en las no aradas, no», se absorbió mejor. Eso evitó la pérdida de cosechas e influyó directamente en que el caudal que llegó al torrente fuera mucho menor.