Miles de personas salen a la calle. Lectura del manifiesto a cargo de la socialista Maria Borràs durante la masiva manifestación de repulsa celebrada en Maó el 15 de julio de 1997 | Archivo Es Diari

El 10 de julio de 1997 ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco, joven concejal del PP en el Ayuntamiento de Ermua, y empezó una macabra cuenta atrás que acabó 48 horas después cuando apareció herido de muerte con dos tiros en la cabeza. Toda España estaba conmocionada y la sociedad menorquina también mostró su pena e indignación, pero aquellos que se dedicaban a la política en tiempos en los que las concentraciones por asesinatos terroristas eran frecuentes, «cada diez días o una semana, a veces tres días» después de un atentado, había otra víctima que llorar, recuerda el exalcalde de Maó, Arturo Bagur (PSOE), guardan aquel día de verano de hace 25 años en un rincón especial de su memoria, donde han enterrado también el miedo que sentían entonces por ejercer la democracia y ser representantes políticos.

«Fue terrible, a pesar de estar lejos, en Menorca, teníamos miedo y sentías una impotencia total, era muy triste, teníamos que vigilarnos las espaldas», recuerda Assumpta Vinent, exalcaldesa de Ciutadella, del PP.Ese miedo hacía que populares y socialistas, los más amenazados por ETA, tuvieran dificultades para completar sus listas electorales en algunos municipios del País Vasco. Algunos dirigentes, como María San Gil del PP, pidieron ayuda a compañeros y militantes de otras provincias para llenar aquellas candidaturas, y contaron con apoyos, también de las islas. «Eran muy valientes, creo que yo no me hubiera atrevido», admite Vinent, que cuando mataron a Blanco tenía un niño con solo dos años de edad y ella misma empezaba a andar en política.

Blanco era concejal de un pueblo pequeño, con solo 29 años, y eso lo hacía más cercano para quienes ejercían la política municipal, el terror, aunque alejado de Menorca, se había vivido con atentados en Mallorca y nadie sabía lo que podía suceder. «Vivíamos en una anormalidad de la que parecía que no íbamos a salir nunca, era como una maldición», afirma el exalcalde de Maó, «eso nos tiene que hacer recordar lo que es vivir en paz».

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Los alcaldes y concejales de la Isla también tenían que seguir unas normas por su seguridad, ante la amenaza terrorista. «Teníamos miedo, aquellos días estábamos todos muy preocupados», recuerda Assumpta Vinent. «Durante una temporada nos dijeron que revisáramos los bajos del coche y que cambiáramos rutinas, se dieron directrices a los concejales, era difícil que pasara algo en Menorca pero había una gran preocupación nacional», apunta Arturo Bagur.

El expresidente del Consell, Cristóbal Triay, vivió aquellos días de julio con tensión y «con la esperanza de que no acabaran matándolo, que la dignidad de las personas primaría, pero fue todo muy cruel». Triay considera que el gobierno de Aznar hizo lo correcto, «el gobierno no podía arrodillarse frente a los asesinos», que pedían el acercamiento inmediato de 600 presos etarras a cárceles del País Vasco. «Lo que más me duele», dice el expresidente menorquín, «es que haya más de 300 casos sin resolver y que el gobierno actual se apoye en un sucedáneo de quienes extorsionaban y mataban», explica.

Desde el nacionalismo menorquín, entonces representado en el Consell por el conseller Ramon Orfila (PSM), quien renunció en noviembre de 1997 y fue sustituido por Joan Bosco Gomila, este artículo cuenta con la voz del exsecretario general del PSM (1997-1999), Manel Martí, autor de «La nació dels menorquins» y de «El somni menorquí(nista)» entre otras obras sobre el menorquinismo. Martí asegura que la tradición del PSM siempre fue «antimilitarista y pacifista» en contra la violencia del terrorismo y también de la violencia «ilegal del Estado para acabar contra ETA».

El asesinato de Miguel Ángel Blanco lo recuerda como «algo muy duro» vivido con «rabia e indignación» en la parte humana y con «desconcierto e incomprensión porque había personas que usaban la violencia, el terror y la violación de derechos humanos para conseguir objetivos políticos». Martí asegura que aunque hay puntos coincidentes entre el nacionalismo menorquín y el de otros territorios «en cuanto a soberanía y autogobierno», siempre existió «una grandiosa distancia» en cuanto al uso de la violencia, «el PSM nunca se ha movido en esos parámetros». Miguel Ángel Blanco fue objetivo de ETA por ser un cargo político y «las ideas en democracia se deben poder expresar», recuerda Martí.