El Área de Gestión de Residuos de Milà, que acoge el vertedero insular, con El Toro en el horizonte. | Gemma Andreu

La vergonzosa aparición de cabezas de vaca junto al resto de la basura en el vertedero de Milà ha provocado una ola de reacciones también vergonzosas. El caso constituye sin duda un escándalo bochornoso para una Reserva de Biosfera que pretende llevar a cabo una revolución ejemplar en la gestión de los residuos. Pero también ha demostrado una vez más –esta a propósito de un tema tan preocupante como los residuos que generamos todos– que Menorca no está ni mucho menos exenta de buena parte de los males que recorren como una epidemia las sociedades modernas, la demagogia, el poco respeto a la verdad, el partidismo acrítico, la prisa por verter opiniones poco o nada fundamentadas y el peligroso interés de algunos sectores por alimentar irresponsablemente el descontento de la población, además de un nulo sentido de la corresponsabilidad.

Llama la atención un estado de opinión propagado desde la revelación del caso, vertido en redes sociales, corrillos de pasillo y muchas veces en los comentarios de las noticias que este diario ha venido publicando y que prueba que a los que la difunden poco les importa el contenido de lo publicado, ya sea por graves déficits de comprensión lectora o por pura mala intención. Esa opinión se resume en una frase. Parafraseando –sobre todo para evitar la profusión de errores ortográficos y gramaticales-, la reflexión vendría a decir aquello de «nos piden que separemos la basura en casa y después todo acaba en el mismo sitio, hasta cabezas de vaca hay. Visto lo visto, yo no voy a reciclar más». Es una actitud o bien mentalmente limitada o bien muy interesada en desacreditarlo todo con objetivos que prefiero no imaginarme.

No es cierto

En primer lugar no es cierto. Rotundamente. Aunque parece que le pese a algunos, en el Área de Gestión de Milà se recicla más que nunca. Qué fácil es olvidar que hace un tiempo, menos de diez años, el porcentaje de reciclaje reconocido por informes era, siendo optimistas, del uno por ciento. El resto iba a un vertedero que se tuvo que clausurar porque lo que se estaba haciendo ahí era de juzgado de guardia. Ahora se revaloriza al menos del 70 por ciento de los residuos. Sí, no es perfecto, pero intentar descubrir precisamente ahora la vergüenza que como sociedad supone un vertedero es indigno. En segundo lugar, aquellos que afirman que no van a reciclar seguro que no lo han hecho en su vida. Niños tontos que no tienen el más mínimo sentido del deber. La basura es de todos, su gestión la pagamos entre todos y evidentemente que no se puede dejar de exigir firmemente que se gestione bien por parte de nuestros poderes públicos, pero tampoco se puede mirar hacia otro lado como si eso no fuera con uno.

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Hasta aquí la opinión de bar, el cuñadismo de las redes sociales, que por desgracia parece cada vez más atractivo para algunos políticos. La actitud que ha mostrado la oposición ante la gravedad del caso desvelado por este diario ha sido muy lamentable. Sin esperar a tener el más mínimo indicio de lo que ha ocurrido para que esas cabezas de vaca y otros despojos de ganado hayan terminado en el vertedero, se han lanzado a apuntar a la gestión de la UTE Es Milà, la adjudicataria del servicio, con el objetivo de atacar al gobierno insular en un nuevo envite indiscriminado a su – una cosa no quita la otra– muy discutible gestión en multitud de temas. Las investigaciones lo dirán.

Se entiende que se exijan responsabilidades y transparencia en lo ocurrido. Lo que no se entiende es que se intente hacer una enmienda a la totalidad del nuevo sistema de gestión del tratamiento de residuos, alimentando a los que defienden en las barras de bar físicas y virtuales que todo da igual, mostrando muy poca memoria de cuál fue la gestión de los residuos cuando gobernó el PP en el Consell. Llevaría otro capítulo. El Consorci de Residus i Energia, responsable último de Milà, no es una facción del tripartito de izquierdas, es un ente mancomunado del que forman parte todos los ayuntamientos de la Isla. La planta es tanto de Susana Mora y de Josep Juaneda, como de Coia Sugrañes, de Eugenio Ayuso y de todos los menorquines. Exijamos que se sepa la verdad de lo que ha ocurrido, pero no añadiendo sospechas infundadas, creando alarma social sobre la gestión de los residuos sanitarios, por ejemplo, o dando a entender que aquí no se recicla nada. No demos alimento a los monstruos, por favor, que en pocos meses puede ser que la gestión de Milà sea cosa de la oposición. Y habrá que seguir reclamando a la población que recicle. ¿O no?

Por último, aclarar que las imágenes a las que ha tenido acceso este diario son evidentemente una filtración –por cierto no de un partido– como lo son la gran mayoría de temas que llegan a los medios de comunicación desde gobiernos, partidos, sectores económicos, sindicatos, asociaciones, particulares… Querer ver más fantasmas de los que hay es un mal muy casi endémico de la izquierda en esta Isla. Intentar desacreditar el trabajo informativo de una redacción de profesionales insinuando que lo que publica son «fake news» (como hace el señor Eduard Riudavets y los que le ríen las gracias) en interés electoral del PP y para hacer daño a Més per Menorca es ruin, una muestra de que no ha se ha leído o no se ha querido leer lo que está publicando este diario sobre el caso. Quien quiere a Menorca, la quiere proteger, ¿no es así? Pues intentando desacreditar al diario que denuncia unos hechos que están dañando la Reserva de Biosfera no se hace.