Íñigo Mijangos en la sala de entrevistas de MENORCA «Es Diari» | Katerina Pu

En 2015, un grupo de voluntarios se desplazaron hasta la isla griega de Chios para ayudar a los migrantes a desembarcar con seguridad en tierra. Desde entonces, se encargan de la asistencia sociosanitaria diaria en el campo de refugiados de Vial con el apoyo del Fons Menorquí de Cooperació. Agrupados en la ONG Salvamento Marítimo Humanitario, también realizan misiones de rescate con el buque «Aita Mari» en las aguas del Mediterráneo central desde el año 2017. Íñigo Mijangos es su presidente y, tras su paso por Menorca, ha podido hablar con MENORCA «Es Diari».

¿Veremos el barco amarrado en los puertos de la Isla?
— Teníamos previsto desembarcar en Menorca esta semana, pero el «Aita Mari» está atrapado en el puerto de Burriana. Capitanía marítima ha retrasado las inspecciones a las que debe someterse la embarcación y esto demorará su salida. Esperamos que la situación se resuelva para cumplir con los compromisos de la ONG.

¿Cómo es trabajar en Chios?
— Ha habido momentos donde en el campo, dimensionado para unas 1.000 personas, se han acumulado hasta 8.000 y la situación de desbordamiento y de saturación ha sido impresionante. Logramos sacar adelante el trabajo y llegamos a atender 70 consultas diarias. Es agotador y los voluntarios terminan exhaustos. El principal problema sanitario que hay en el campo es el psicológico. La inmensa mayoría de los sirios, afganos y palestinos pasan y se van a Atenas. Todos los africanos se quedan retenidos en el campo. Evidentemente, el primer mensaje que reciben no es de bienvenida y acogida, ya saben lo que les espera. Esto genera en la gente que trabaja allí una sensación de bastante malestar.

¿Y los rescates en el Mediterráneo?
— En el mar todo es distinto porque es mucho más inmediato. El trabajo en el barco es mucho más intenso, pero se disipa más rápido. Ves el desgaste y la degradación de las personas durante 15 días y si doblas el turno durante todo el mes. Es muy duro ser europeo en las fronteras con un barco de rescate, cuando recoges a los jóvenes de la patera y te muestran las quemaduras y las torturas que les hacen en Libia. No te cuento los casos de las mujeres... ¿Y hay un señor que dice que hay que devolverlos, viéndolos así de dañados?

¿Cuáles son las historias de vida de esas personas?
— Son historias de vida de personas con anhelos, ilusiones y deseos de mejorar sus vidas como cualquiera de nosotros. Les preguntas y los jóvenes te responden que lo único que quieren es estudiar, encontrar trabajo, reencontrarse con su familia...

¿Hacéis un seguimiento de las personas que rescatáis?
— Como ONG no tenemos capacidad para hacer ese seguimiento. Nosotros nos encargamos del salvamento y solicitamos el cumplimiento de la legislación internacional, que es el desembarco en el puerto seguro más cercano, principalmente en Malta o Italia. Una vez las personas pisan tierra, son entregadas a las autoridades competentes, que son las que tienen que continuar con el proceso. Aun así, llevamos periodistas a bordo que se mantienen en contacto con los rescatados y a la mayoría les ha ido bien. O eso es lo que nos cuentan.

¿Cuál es el principal punto de emergencia ahora mismo?
— Bruselas. Siempre ha habido migración y siempre habrá, le pese a Salvini, a Meloni, a Sánchez o a Marlaska. Podemos hacerlo más difícil o más fácil, con más sufrimiento o con menos sufrimiento, pero la migración va a seguir estando allí. La presión que viene de Argelia en los últimos años sobre Balears está subiendo porque se ha cerrado Marruecos y se ha complicado el tránsito en Libia, por lo que los migrantes buscan otras salidas porque no tienen un recorrido de marcha atrás. ¿Qué van a hacer? ¿Van a volver a la guerra? ¿Van a volver donde se ha producido una plaga o una sequía por el cambio climático? ¿Van a volver donde les hemos dejado sin cultivos y contaminado ríos, como en Túnez? La emergencia para mí está aquí, no allí.

¿Hay voluntad política para cambiar esta situación?
— No hay interés por comodidad y conveniencia. La situación que hay en el sur la hemos provocado las sociedades del norte y nos hemos beneficiado durante muchos años. No vivimos tan cómodamente porque nos lo merecemos, como dijo el otro día el señor Borrell. Nosotros vivimos así de bien porque en el resto del mundo viven mal. Hay una parte de responsabilidad muy importante y ahí entra la solidaridad y el buscar la justicia.

¿Algún día dejarán de existir ONG como la vuestra?
— Mi experiencia me dice que todo va a peor. Lo que en su momento era una emergencia se ha convertido en una situación estructural. Pensábamos que la agenda europea iba a dar un vuelco más humanista y solidario con Ursula von der Leyen, pero nos ha dado la espalda. Se está institucionalizando y afianzando una política muy concreta. Si terminamos nuestro trabajo no será precisamente porque se ha acabado la necesidad de estar ahí, sino porque el nivel de criminalización de la actividad solidaria y humanitaria llegará a tal punto que nuestro trabajo será insostenible.