Pedro Castell, el menor de tres hermanos que lideran el proyecto iniciado por su padre Virgilio Castell

Bajo el título «La empresa familiar, en el ADN de la economía de Menorca», el martes (20 horas) se celebrará en el Centre de Convencions des Mercadal el IX Foro Menorca Banca March de la Empresa Familiar. Un encuentro para el que se contará, en su mesa de ponentes, con la presencia de Pedro Castell, director de la empresa Avarca Castell Menorca, quien aportará su punto de vista sobre la importancia de las empresas familiares.

Avarca Castell es una empresa consolidada, pero ¿cómo fueron sus inicios?

—Nació tras el cierre de una empresa emblemática de Ciutadella, en la que trabajaba toda la familia. Quedamos sin trabajo, pero teníamos una finca rural, con un pequeño taller. Allí, con lo que tenía, mi padre, Virgilio Castell, pudo comprar maquinaria para hacer lo que sabíamos hacer. Empezamos trabajando para varias fábricas, pero poco después nos propusimos crear una marca propia de avarca menorquina.

¿Fue complejo?

—En ese momento y con muchas dificultades por la falta de materia prima y maquinaria, desarrollamos un modelo. Él ya iba con la idea  de diversificar el producto y adaptarlo a toda la familia, con colores, trasladando lo aprendido en el mundo del calzado.

¿De qué año hablamos?

—Las primeras avarques fueron entre 1983 y 1984. Después de eso nos lanzamos algo más, y en 1990 vio la oportunidad de comprar un local en las escaleras del puerto de Ciutadella. Fue nuestra primera tienda.

¿Cómo fue la acogida a nivel popular?

—Tuvo éxito desde el primer día. Fue una época de mucho trabajo y estrés, pero muy bonita. Poco a poco, el taller fue creciendo, con entradas de tesorería cada vez mayores, y alrededor de 2005 abrimos la primera tienda en el centro de la ciudad, en el Carrer del Roser. Eso trajo una mayor entrada de pedidos, más clientes fuera de Menorca, en Mallorca y Barcelona.

En 2008 empezó una crisis económica severa. ¿Cómo afectó?

—De 2008 a 2012 nosotros vimos unas oportunidades y conseguimos puntos de venta que antes era imposible encontrar. Logramos el local de Ses Voltes, otro en el Carrer Hannover de Maó, una tienda en Barcelona, y la nave donde tenemos todas las instalaciones, en el Carrer Sabaters, 22, del polígono. Fueron años de mucho trabajo y mucha gestión, pero con unas facturaciones y unas entradas de pedidos como no conocíamos. Ese crecimiento hizo que nos convirtiéramos de negocio a empresa y nos costó unos años adaptarnos, todo se magnifica y obliga a otro tipo de gestión, con gestorías y consultorías para formar un equipo para afrontarlo.

¿Qué cambió?

—En 2018 pudimos abrir una segunda tienda en Maó y en 2019 contratamos una agencia de comunicación y reformulamos nuestra página web, dando un serio empuje a la venta on line. En dos o tres años reportó unas facturaciones superiores hasta la fecha. Y en 2020, con la covid-19, el 18 de marzo decidimos cerrar las instalaciones. Fueron fechas muy críticas, porque a finales de mes teníamos que servir y facturar todo lo fabricado durante seis meses. El confinamiento fue muy duro, nadie sabía qué pasaría ni qué hacer, cerraron los mercados y en la fábrica se nos quedó parado un gran capital. Pero con un gran trabajo de atención al cliente y de pedidos, logramos ‘descongelar’ partidas e ir facturando, aunque con una caída del 40 por ciento. Luego, en 2020 logramos otra nave en el polígono, donde creamos nuestra Concept Store; y en 2021 empezamos a paliar el impacto de la pandemia.

Se puede decir que han sabido aprovechar los momentos difíciles para avanzar.

—En estos cuarenta años, ese ha sido siempre nuestra genética para encontrar oportunidades en los momentos de crisis. Porque sabemos que todo pasa, la covid, los desastres.

¿Hacia dónde miran ahora?

—Este año ha sido muy bueno, y hemos encargado un plan estratégico, para analizar la empresa y salir con una guía de ruta para seguir creciendo.