La central térmica de Endesa en el Cós Nou del puerto de Maó. | David Arquimbau Sintes / Efe

Confieso un poco avergonzado que no tenía ni la más remota idea de que en la remota playa de Mongofra se levantaba una escultura llamada la aguja de la giganta. No voy a gastar tinta en opinar sobre ese tema, sino a servirme del apelativo para emplear esa tinta en otra aguja gigante bien clavada en el corazón de la Reserva de Biosfera, la central eléctrica de Maó, a la que pasan los años y parece que nadie consigue ponerle hilo para zurcir el descosido ambiental que lleva décadas provocando.

Entrada la tercera década del siglo XXI, el pasado julio, se anunciaba con festiva solemnidad un cambio de combustible en la térmica de Endesa en el puerto. Los viejos motores Man-Burmeister & Wain instalados en 1991 dejaban de utilizar fueloil y pasaban a carburar con gasoil. La erradicación del fuel en la central luce bien en el escaparate de la transición energética, pero –como tantas otras veces en este lentísimo y tortuoso camino hacia la reducción de emisiones en la central– hay gato encerrado.

Un poco de contexto. La central de Maó tiene una desorbitada potencia instalada, 271,6 megavatios (MW), más del doble de la necesaria para satisfacer las puntas de demanda de la Isla. Se distribuye en los 224,2 MW de las cinco turbinas y los 47,4 MW de los tres viejos motores, cuya vida útil en concepto de amortización concluyó en el año 2016. A nadie en esa fecha se le ocurrió que a lo mejor era el momento de jubilarlos, dado sus altísimos niveles de contaminación. Todo lo contrario, las estadísticas muestran que han seguido siendo hasta el pasado mes de julio la base de la generación, es decir, los que han tirado del carro de la central.

En el mundillo del sector eléctrico se dice que si te han explicado el sistema eléctrico español y lo entiendes, es que te lo han explicado mal. Desde luego se hace muy difícil de entender que 47,4 MW instalados con la tecnología más vieja y contaminante se usen más que 224,2 MW instalados en turbinas menos contaminantes. Tampoco resultan sencillas de justificar con criterios ambientales las maniobras que se han sucedido desde que el Govern anunció que iba forzar una reducción de los límites de uso de los tres viejos motores. De las casi 9.000 horas anuales de uso a 500, unas tres semanas cada uno. Eso suponía que apenas se podrían usar el equivalente a dos meses y pico.

La medida fue el acicate para que la central solicitase al fin (esas cosas tiene que aprobarlas el Ministerio) la erradicación del fueloil. La motivación de la solicitud y de la aprobación no es otra que poder exprimir todavía un poquito más los viejos motores. Pasar a usar gasoil permite triplicar esa limitación de horas anuales a 1.500 por motor, es decir, más de medio año en total.

La conclusión es que no solamente se elude la opción de dar de baja esos motores de sobras amortizados, sino que se intenta alargar su vida todo lo posible, a pesar de que sus niveles de contaminación son muy superiores a los de las turbinas. En este punto hay que recordar que el famoso sistema de reducción de emisiones que la Unión Europea obligó a instalar en enero de 2020, ese que se alimenta de agua depurada y que reduce más de un 80 por ciento las emisiones de óxidos de nitrógeno, no está instalado en los viejos motores, solo en tres de las turbinas. Visto lo visto, parece claro que la única manera de ponerle de verdad hilo a la aguja de la giganta es empezar ya a producir energía solar a gran escala para no depender tanto de ella