La muerte del libro y la lectura: cosas de librerías

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Dicen que la gente cada vez lee menos y que los libros acabarán desapareciendo, pero por otro lado cada vez se edita más y se venden más libros. ¿En qué quedamos?

Se respira y palpa una seguridad completa con respecto a que los tiempos que corren no son precisamente los mejores para el libro y su mundo. Nadie lo duda. Los medios de comunicación, cada cierto tiempo, sacan a relucir estadísticas y datos muy contrastados al respecto: la gente no lee libros, cada vez se compran menos, ya no hay bibliotecas merecedoras de tal nombre en los hogares, los niños y los jóvenes se pasan las horas frente a la televisión o los ordenadores y rara vez tienen un contacto directo y personal con las páginas impresas, los editores viven de milagro, las librerías quiebran, los escritores se mantienen con algunas lonchas de mortadela al día, etc, etc...

Pero como para desmentir estas seguridades que se nos venden como absolutas y certeras, de vez en cuando llegan a nuestras orillas, como maderos abandonados en algún lugar a la deriva, noticias de otro signo un poco más amable y positivo. Por ejemplo: nunca, jamás de los jamases, se han editado y escrito tantos libros como ahora; nunca antes se habían vendido tantos libros por cabeza y metro cuadrado; nunca el acceso a los libros había sido tan fácil, barato e inmediato...

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Es cierto que en mi ciudad, Santander, he visto morir de inanición y desaparecer a lo largo de mis días varias librerías y muchas más papelerías en las que los libros conformaban alguna parte del negocio. Es cierto que las librerías familiares de tamaño medio, con cuatro o cinco empleados, han desparecido del paisaje urbano occidental para dar paso primordialmente a las secciones de libros de las grandes superficies, donde por lo general se despachan volúmenes con el mismo entusiasmo y conocimiento del medio con el que se despachan cien gramos de chorizo de Cantimpalo para la merienda del niño o la niña.

A estas alturas yo ya no sé a qué atenerme con respecto a la prosperidad relativa o muerte inmediata de los libros y todo su complejo contexto. Si miro a mi alrededor, es muy cierto que "los míos" no leen habitualmente, ni tienen a los libros como elemento vital indispensable. Mis alumnos tampoco sufren de sarpullidos y mareos cuando se les aleja de los libros, y recientemente me confesaban que apenas leen uno al año la inmensa mayoría de ellos. Visitar las librerías de las grandes superficies es hacer una visita a un gran almacén en el que se mezclan y exhiben toneladas de papel impreso sin ninguna inteligencia ni el mínimo amor necesario. Cuando casualmente visito casas de conocidos o veo las de perfectos desconocidos muy famosos en las revistas de moda y estilo, descubro perplejo que están vacías de libros, que los libros compiten a duras penas con cuatro discos o tres dvds en ocupar un sitio tartamudo en un rincón del cuarto de estar, junto al florero que ocupan las flores de plástico.

Pero por otra parte, no dejo de escribir en estas páginas diarias sobre libros nuevos y autores que me interesan y provocan en mi ilusión y ansias locas de leer, de tener más tiempo para leer. Cuando acudo a casa de mi madre para comer, siempre la veo levantarse del sillón con un saludo en la boca y la novela que lee en la mano. Muchas amigas de mi madre leen casi compulsivamente (nunca olvidaré entre ellas a Amparo, a quien le debo, además, más de una lectura inolvidable). Mi abuela pasó muchas tardes de su vida leyendo a los clásicos ingleses, y siempre, en mis visitas, me comentaba entusiasmada sus últimas incursiones. Muchos de mis amigos son escritores, poetas, profesores..., y los libros, la lectura, forma parte ineludible de sus personalidades, de su acontecer cotidiano. Los jueves, desde hace una década, participo en una tertulia radiofónica donde hablamos sin cesar de libros, y recomendamos lecturas. Los viernes, mantengo una tertulia literaria con varios amigos y amigas, y bajamos siempre los libros que estamos leyendo en ese momento y queremos compartir con los demás: cada viernes son decenas los libros manoseados y apuntados en la tertulia. Rogelio López Blanco, el impulsor y culpable de este blog, me pide todos los meses una reseña literaria, porque los lectores de Ojos de Papel, según él, la demandan con sus entradas y lecturas. Cuando acudo a mi librería santanderina de cabecera, rara vez me encuentro solo en los muchos metros cuadrados que exhiben libros, y casi siempre hay alguien, una chica, una chico, un señor o una señora, llevándose a su casa un ejemplar.

Hará cosa de poco más de un año que mi librería favorita, Gil, abrió sus puertas en un establecimiento precioso, luminoso, espacioso, distribuido en dos pisos situados en una de las plazas más céntricas y hermosas de la ciudad. Venden libros. Hace unos meses, no muchos, dos chicas, una de la ellas conocida mía de tiempos de juventud y playa, abrieron una librería también preciosa no muy lejos de donde vive mi madre, cerca de los Jesuitas, especializada en literatura infantil y juventud. Venden libros. Y antes de ayer, a escasos metros del portal de mi madre, frente al paraninfo de la Universidad de Cantabria, ha abierto otra librería, pequeña, minúscula, especializada en libros extranjeros, especialmente en inglés, francés, alemán, italiano y portugués. Ojalá venda también libros y le espere una larga vida.

¿Mueren los libros y el mundo que los rodea? No lo sé, dependiendo del espacio o lugar al que miro la respuesta es una o es otra. Seguiré fijando la vista, de momento, donde más me plazca.

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