El acusado, a la derecha de la imagen, dialoga con su abogado en los momentos previos a la declaración | Alejandro Sepúlveda

Combinó momentos de entereza con otros de emoción en los que vertió alguna lágrima y unos más de indisimulable suficiencia, manos en los bolsillos y mirada al vacío. Eduardo Enrique E.R., venezolano-español de 43 años, declaró este lunes durante cerca de tres horas. Está acusado del asesinato de su esposa Elisabeth Pimentel Montilla, de 36, que falleció en la madrugada del 18 de junio de 2018, en la nave en la que ambos residían, en el polígono de Ciutadella, presuntamente ahogada en un jacuzzi de plástico por el marido tras los efectos de sangría y MDMA.

La sala segunda de la Audiencia Provincial, bajo la presidencia de la magistrada Mónica de la Serna, vivió la primera jornada del denominado crimen del jacuzzi, ante un tribunal del jurado formado por nueve miembros y dos suplentes. Se trata del primer caso de presunto asesinato por violencia de género ocurrido en Menorca que se juzga.

El acusado, defendido por el penalista Juan Ignacio Sanz Cabrera, construyó su declaración de inocencia en un hilo conductor marcado por el efecto de las drogas y el alcohol en ambos, y la situación incómoda que, dijo, vivía la pareja con la amiga de la mujer, también presente en la nave. Sus contradicciones no fueron concluyentes pero sí algunos de sus argumentos, como que no pidiera ayuda a la amiga cuando su mujer estaba desvanecida y trataba de sacarla del jacuzzi, que esta no se enterara de nada de lo que ocurrió aquella noche o que él y su esposa movieran las barcas de la nave pese a estar bajo las influencias de las drogas.

Eduardo esgrimió que esa amiga «tenía una paranoia». Creía que ambos la querían drogar e incitarla a mantener relaciones sexuales con los dos. Aquella noche el matrimonio bebió primero cerveza, luego dos botellas de sangría mezclada con MDMA y de nuevo cerveza, «nos lo bebimos todo», declaró ante los fiscales, Jordi Doménech y Reyes Miñambres. «Nos colocábamos con esta droga de forma íntima porque nos gustaba». Dijo que ese día cada uno se preparó su propia combinación de alcohol y droga, en contra de la acusación, que sostiene que él hizo la mezcla para matar a la mujer y ya, desvanecida, arrastrarla hasta el jacuzzi donde la ahogó para acelerar su muerte.

Después de pasar un rato en la habitación, ambos fueron al baño donde practicaron sexo oral que él le pidió a ella, explicó. Fue entonces cuando él quiso ir al jacuzzi «pero ella no quería por el incidente que habíamos tenido con su amiga y porque nos podía oír ya que dormía al lado». Por eso aseguró que le propuso que la fuera a buscar para que se sumara con ellos en el jacuzzi y acabar con la incomodidad.

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En uno de los puntos clave de la declaración en relación a la grabacion del móvil de su mujer en el que se le escucha decir: «déjala que se muera», el acusado aseguró que era una frase hecha y que se la dijo a su mujer en referencia a su amiga al haberle respondido esta que no quería unirse con ellos en el jacuzzi. La fiscal ha incluido en su acusación que el hombre dirigió esta frase a la amiga cuando su mujer ya estaba agonizando.

Continuó su relato señalando que «estábamos los dos borrachos y supermegacolocados dándonos besos, la droga me multiplicó las ganas de besarla y decirle que la quería» cuando ambos ya estaban en el jacuzzi, completamente a oscuras salvo la luz verde del piloto del recipiente. Entonces «el calor me estremeció todo el cuerpo con una relajación total y me dormí».

Cuando despertó «estaba desorientado y no veía nada». Llamó a su esposa y al no responder empezó a palpar hasta que notó sus piernas y se dio cuenta que tenía la cabeza hacia abajo. Ahí, refirió con insistencia, hizo todo el esfuerzo que pudo para sacarla del agua «pero no tenía fuerzas, y cada vez que lo intentaba ella se me iba hacia un lado u otro». No sabía si seguía viva y al final agarrándola bajo los brazos logró sacarla del agua pero ambos cayeron y la cabeza de ella rebotó en el suelo.

Intentó hacerle maniobras de reanimación, luego el boca a boca, pero no respondía. Decidió, como pudo, ir a la habitación a buscar su móvil y llamó a Emergencias aunque «no podía ni darles bien la dirección, estaba agotado», añadió.

Hasta entonces no había pedido ayuda a la amiga que estaba en otra habitación de la misma nave, dijo. Argumentó que no la llamó antes «porque yo solo estaba concentrado en mi esposa, y le pedí que despejara la puerta porque iba a venir la ambulancia». Poco después llegó la Policía Local. Él ya estaba seco y con un pantalón puesto porque dijo que se lo puso cuando fue a buscar el móvil. El jacuzzi tenía la tapa encima, aunque declaró que fue la Policía quien lo cerró.

Este martes será la segunda jornada del juicio, con declaración de los primeros testigos, entre ellos familiares de la víctima.

El apunte

Seguro de vida de la víctima, deuda de 110.000 euros y nueva novia

El acusado tenía el negocio de alquiler de embarcaciones a nombre de la esposa. «Había tenido varias multas por venta de bebidas en la playa, y no quería que se manchara la empresa», dijo. También admitió que la mujer tenía un seguro de vida de 150.000 euros, más otro de 30.000, aunque dijo que estos no cubrían la muerte por ahogamiento o drogas.

Reconoció que tenía deudas por valor de 110.000 euros, y admitió que tenia las contraseñas de las redes sociales de su esposa y que grababa las conversaciones como precaución. En ellas se escucha como él pide ayuda para mover algo y un golpe, «era para apartar las barcas y despejar la nave y los dos nos dimos un golpe con una de ellas».

A preguntas de la acusación sobre su nueva novia, con la que pretendía casarse estando ya en la cárcel, le pidió a ella que intercediera ante su exsuegra en torno a la acusación «porque estaba en una vendeta con la Policía y me había denunciado, y todo iba contra mí para encarcelarme. Yo quería casarme (de nuevo) por amor, era beneficioso para ella».