Unos tesoros recuperados en Alaior

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Recta final. El equipo de restauradores ultima los trabajos que comenzaron hace medio año, un proceso en el que se han servido de programas informáticos para intentar reproducir cómo eran las pinturas originalmente

Recta final. El equipo de restauradores ultima los trabajos que comenzaron hace medio año, un proceso en el que se han servido de programas informáticos para intentar reproducir cómo eran las pinturas originalmente

Gemma Andreu

La restauración de las grisallas del Pati de sa Lluna entran ya en su recta final. Está previsto que este mes se den por finalizados los trabajos para la recuperación de unas pinturas murales que durante mucho tiempo han permanecido ocultas en las paredes del Convent de Sant Diego de Alaior. El origen del rescate de una buena parte de los tesoros patrimoniales que allí se esconden hay que buscarlo en 1994, cuando de forma accidental fueron descubiertas por una vecina que allí vivía por entonces.

Y es que hay que tener en cuenta que estamos hablando de un edificio que a lo largo de los años ha tenido diferentes usos. La fundación del convento franciscano levantado en honor a Sant Diego tuvo lugar en agosto de 1629. Un conjunto conventual que se terminó de edificar a finales del siglo XVII y que cumplió con su función religiosa hasta 1835, fecha a partir de la cual su claustro se ocupó durante nueve años para albergar un destacamento militar como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal. Un uso que permaneció hasta que en 1853 el convento se habilitó para acoger viviendas y locales comerciales, momento a partir del cual pasó a conocerse popularmente como el Pati de sa Lluna. Unos hechos que con el paso del tiempo contribuyeron a que el espacio sufriera una gran transformación quedando en gran parte enmascarado su aspecto original.

En los años 70, durante la Transición, el patio comenzó a usarse como espacio cultural en los veranos y en 1993 fue declarado BIC con categoría de monumento. Fue un año después cuando en el muro de una de las viviendas afloraron las pinturas murales, iniciándose un proceso que está a punto de culminarse con la restauración de un total de doce grisallas, además de otros elementos arquitectónicos. Cabe recordar que en 2004 el convento pasó de varios propietarios a manos del Govern balear, administración que ha financiado el proyecto de recuperación con el Impuesto de Turismo Sostenible.

Los indicios encontrados en los 90 condujeron a que en 2011 se realizaran unas catas. «Vimos que quedaban restos en unos lunetos, pero no sabíamos exactamente en qué proporción», relata Lina Torres, quien junto a Francesc Isbert se ha encargado de la dirección facultativa de una trabajo que ha sido ejecutado por la empresa madrileña Artyco. Pero a raíz de la intervención que se está realizando, se puede decir que «el resultado ha sido muy bueno, ha salido más pintura de la que intuíamos», explica Torres, quien añade que «aunque en algunos casos se han perdido obras, la mayoría se han podido recuperar y una gran parte están prácticamente completas».

«Cada intervención ha sido una sorpresa, y la mayoría gratas», continúa al hablar sobre un proceso laborioso que comenzó a finales del pasado mes de agosto y que ha permitido que salga a la luz la fecha en la que se realizaron las obras: 1694. El año en que empezó a escribirse la historia de unas piezas que ahora el público puede conocer a través de las visitas guiadas organizadas hasta el 27 de este mes, los martes, jueves y sábados, a las 10, 11 y 12 horas. Una actividad gratuita, para grupos reducidos y con reserva previa a través de Whatsapp (676 032638). «Es un tesoro que estaba oculto y que ahora toca disfrutarlo», concluye Torres.

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