Antoni Picazo

El historiador Antoni Picazo Muntaner (Artà, 1961) acaba de publicar «El expediente clandestino, chuetas e Inquisición en la Mallorca borbónica» (ediciones El Tall), en esta obra analiza unas pesquisas sigilosas y secretas que el Santo Oficio de Mallorca hizo en un territorio que le era vedado, la Menorca británica.

Picazo es profesor de Historia Moderna de la UIB, ha publicado numerosos artículos de investigación sobre los siglos XVI al XVIII, cuenta en su haber con una docena de libros de variada temática y distinta catadura: desde una guía cultural de Estambul hasta estudios avalados por el CSIC sobre las redes de la economía del mundo en la época de Felipe II, investigó sobre La India, sobre los misioneros baleares en México y California… pero a la vez se ha centrado mucho, con varios enjundiosos libros, sobre la historia de los judíos baleares, asunto en el que es un experto.

Antoni, su obra «El expediente clandestino, chuetas e Inquisición en la Mallorca borbónica» se centra en la Menorca inglesa: ¿fue una operación secreta?
—Sí, la Inquisición realizó un expediente en la Menorca británica, en Mahón, concretamente en el convento de Jesús, a la luz de las velas y a media voz. Todo ello con un secretismo absoluto. Recordemos que los ingleses la prohibieron en la isla y por eso mismo todos los testigos que acudieron lo hicieron tras ser investigados, y quedar evidenciado que eran buenos católicos y que esas declaraciones no trascenderían lo más mínimo.

¿A quién se perseguía en Menorca?
—En Menorca se tomó declaración a varios testigos, la mayoría mallorquines que se habían trasladado a Mahón. Se intentaba averiguar si Gabriel Cortés y Rafael Joaquín Valls, los dos investigados, en sus constantes viajes a Mahón se habían puesto en contacto con judíos y con quién. Se confirmó que efectivamente, se entrevistaron con un judío holandés, con Judá Cohen.

¿Quién fue Judá Cohen?
—Fue un importante mercader, asentado en Argel, pero con amplias conexiones con los principales puertos del Atlántico (Salé, Lisboa, Ámsterdam…) y del Mediterráneo (Alicante, Livorno, Alejandría, Acre…). Fue, además, embajador plenipotenciario de los Países Bajos para negociar una tregua con los corsarios del norte de África.

Espionaje y negocios en el Mediterráneo...
—Cierto, los franceses intentaban boicotear los avances de los ingleses en Túnez y Argel; los ingleses querían tomar ventajas fiscales y políticas en esa misma región, acompañados por sus socios los holandeses. Por ello, los consulados y los agentes enviados a los puertos del Mediterráneo no dejaron de enviar cartas a sus respectivas metrópolis sobre sus avances político-económicos o sobre las actividades de sabotaje que habían realizado contra sus adversarios.

¿Cuál era la situación en el norte de África y qué repercusión tuvo en Menorca?
—A principios del siglo XVIII el corsarismo norteafricano fue muy activo. Fue una época de gran conflictividad. La guerra de Sucesión a la Corona de España precipitó actividades militares contra los barcos que navegaban por el Mediterráneo. Las capturas corsarias fueron constantes en esos tiempos, especialmente las realizadas por los corsarios del norte de África que pudieron sacar un verdadero rédito político del enfrentamiento europeo.

En su obra deja evidencias de un «pequeño mundo»...
—Sí, cierto. Los experimentos de Stanley Milgram demostraron que todos estamos conectados. En «El expediente clandestino» se confirma esta tesis. La mayoría de los personajes estaban conectados bien de forma directa o de forma indirecta. Por ejemplo, Cohen era amigo y socio de los Conrado. El secretario de los Conrado era Rafael Joaquín Valls, que había ayudado desinteresadamente a un súbdito portugués de origen judío llamado Antonio de Mendoza. Mendoza, a su vez, fue secretario de Cohen, un marinero mallorquín capturado por corsarios norteafricanos trabajó para Cohen, y más tarde se entrevistó con Cortés en Alejandría….

El resultado final fue un protagonista liberado y otro condenado…
Así fue, no hubo pruebas sólidas e irrefutables contra Rafael Joaquín Valls, que fue liberado. En cambio, las pruebas contra Cortés fueron apabullantes, incluidas cartas que el mismo reo emitió desde Alejandría. Pero Cortés se escapó y se le juzgó en rebeldía, siendo condenado y quemado en efigie.