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Nuestra generación, más concretamente los nacidos en los años 40, ha sido espectadora de los cambios más importantes tecnológicamente hablando.

Mi vida laboral empieza en 1962 en el Banco Español de Crédito, cuya sucursal tenía una plantilla de 23 empleados, todos hombres. En Mahón había tres oficinas financieras más, el Banco Hispano Americano, el Banco Central y la Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorros.

Apreciado lector, no te voy a dar la tabarra de cómo era nuestro trabajo cotidiano, pero me tienes que permitir que te comente que en la oficina para hablar por teléfono teníamos que descolgar, se oía una voz femenina, era la empleada de la central telefónica que te preguntaba el número con quien querías hablar y a continuación te conectaba. La oficina de Alayor era el número 23 y la de Ciutadella el 14.

Con los años vinieron las centralitas telefónicas automáticas, marcando personalmente el número de teléfono y conexión al canto. Todo ello durante muchos años, hasta la aparición de los teléfonos móviles.

Me vienen a la memoria aquellos "prehistóricos" aparatos provistos de una batería que pesaba más de un kilo, que se llevaba colgada de una correa. Un amigo restaurador, fue uno de los pioneros en usar este pesado artilugio, que para su trabajo era una pieza eficaz. Solíamos ir los dos a las ferias de SEBIME a visitar los expositores y al final del recorrido, le habían reservado mesa para comer o cenar, contactaba sobre la marcha con su restaurante y cap a baixamar para preparar los deliciosos manjares de aquella época.

Hoy en día, el teléfono móvil se ha convertido en un compañero inseparable de los mortales. Si hiciéramos una encuesta personal para saber las veces que nos miramos esta dichosa pantallita, si es para efectuar o recibir llamadas realmente necesarias, o si es para chafardear, esto último ganaría por goleada. Cuantas veces nos tenemos que apartar para que no nos arrollen por la calle, gente andando con la mirada puesta en la pantallita, ver un grupo de amigos sentados y en vez de hablar, pendientes de la pantallita, nos sentamos en un restaurante y lo primero que hacemos es poner el dichoso móvil al lado del plato y mirada pertinente a la pantallita, etc. pienso que más de uno prefiere tener en la cama a la pantallita en cuestión, que a su pareja.

Estos días hemos asistido a las representaciones de la ópera La Traviata -espectacular como siempre, en el teatro y en la calle, enhorabuena a los organizadores-. Me comentaba un conocido que se había fijado que más de un móvil tenía la pantallita iluminada, o sea, su propietario estaba más pendiente del artilugio que de la misma representación. Asistí el domingo, con mucha ilusión de poder ver otra vez sobre el escenario del Teatro Principal, al extraordinario barítono Leo Nucci. Hace 22 años cuando cantó la famosa aria "Povero Rigoletto" de la opera Rigoletto, nadie tosió ni estornudó. Este año con la famosa aria "Di Provenza", tampoco nadie tosió ni estornudó, pero vatuadell cent llamps, a pocos metros varios pitidos –whatsapp- de un jodido móvil. Pues si apreciado lector, hasta a la ópera tenemos que llevar al compañero de fatigas, patético.

Por cierto, hace un par de días, paseando por es carrer de Grácia, vi que habían reabierto el bar de Can Maneta, entré para tomar una caña y me sirvieron una tapa de pop amb ceba, por el sabor es como si no hubieran pasados los años. Afortunadamente, hay cosas que permanecen a pesar del móvil.