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Los policías que se manifestaron la semana pasada en el pleno esgrimiendo barras de pan se dejaron el chorizo en casa. Porque el perdón público de Rajoy por tanta corrupción vale lo mismo que nuestras confesiones de chavales al salesiano de turno, mientras sonaba el himno de Domingo Savio al piano. Le decíamos al capellán que nos habíamos peleado con el compañero de pupitre por unas canicas, pero no que deseábamos a la chica con la que compartíamos chuches tras la Catequesis, que en el ambiente en el que vivíamos sonaba más impuro.

Hay políticos que por mucho que digan no resultan creíbles ni aunque pasen por un detector de chorizos. Ni alistándose en Podemos y dejándose la coleta a lo Pablo Iglesias, que no se fía ni de los suyos. Por algo no van a las municipales.

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Usted que, como yo, tampoco tiene cuentas en Suiza, ni en Andorra, ni conoce más paraíso fiscal que bañarse en La Vall con un euro en el bolsillo para un cafelito, seguro que aún se pregunta cómo ha conseguido tanta fortuna ese vecino suyo que antes se sentaba a su lado en el bar, que iba en chándal, y que de la noche a la mañana tiene chalé, barca, pasea en Audi y, seguro, viaja a Liechtenstein y las Caimán. Que, por mucho que curremos, solo visitaremos en sueños.

O los perdones de Rajoy van más allá de las palabras y sanean por completo los partidos y la política o llegará un día en que oleremos los chorizos a leguas y nos los zamparemos en la calle. Como una primavera árabe. Como la que empujó en 2008 a cientos de personas en Ciutadella a asaltar el Ayuntamiento y querer tomarse la justicia por su mano. La retirada de la fuente de Es Pins, un bien patrimonial de dudosísima relevancia, fue el detonante de la revolución, el símbolo del fin del antiguo régimen de ostentación, despilfarro y corrupción. Pero poco podíamos imaginarnos entonces que lo peor estaba por venir. O les dejamos sin pan en las elecciones o hallarán el modo de colarnos algún chorizo...