La cirugía hace 200 años

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Alejandro Fernández Alonso
El pasado viernes 30 de enero, la siempre interesante charla del Ateneo tuvo un brillante invitado y un muy interesante tema: el profesor Alfonso Ballesteros, presidente de la Real Academia de Medicina de Baleares, disertó sobre "las ciencias de curar durante la Guerra de España (nadie olvida sus documentados conocimientos sobre el papel de nuestro Hospital de la isla del Rey) y, como él mismo declaró en la entrevista que le hizo este diario, por haber sido médico militar y estar, por tanto, motivado para el conocimiento de estos temas.

A nadie se le oculta que la situación en aquel entonces debía ser penosa, sobre todo si la comparamos con los conocimientos actuales, y eso que aún nos quejamos con frecuencia de cuánto desconocemos hoy. Quienes en 1808 se levantaron contra la ocupación de nuestro país por los franceses tenían poco que esperar de los médicos españoles, y no por falla de patriotismo o de rechazo al gabacho de éstos, sino porque por entonces la Medicina seguía siendo un arte en el que se ponía muy buena voluntad pero poca efectividad. Baste con saber que un médico de principios del siglo XIX atendía a sus pacientes sin lavarse las manos, ni tan siquiera después de atender la herida de un soldado y pasar a asistir a otro, pues lo ignoraba todo sobre bacteris, esos "animáculos" que Anton van Leewenhoek ya había observado con el microscopio de su invención a finales del XVII, pero la conexión entre éstos (los gérmenes patógenos) y las infecciones no se llegó a establecer hasta 1865, año en que Lister comprobó que las pulverizaciones con formol disminuían drásticamente la mortalidad debida a procesos purulentos.

Según la teoría de entonces, la enfermedad se transmitía por aires malévolos (que se prevenían colocando productos aromáticos, como el ajo), o por generación espontánea, producto del desequilibrio entre alguno de los cuatro "humores" o líquidos de los que, aún, se creía estaba compuesto el organismo: bilis negra (o atrabilis), bilis amarilla, flema y sangre. Solo con purgantes, sangrías, emplastos y sanguijuelas se lograba recomponer el equilibrio perdido.

Una habilidad caracterizaba a todo buen médico de la época, y era la capacidad quirúrgica de realizar amputaciones con rapidez y precisión. En este sentido, era enviciado Larrey, cirujano personal del emperador Napoleón, que sólo empleó minuto y medio (y dos dedos de su ayudante) en realizar la amputación de una pierna. Y el motivo era la falta en combate de anestesia y analgesia, pues recibir un disparo implicaba una gran destrucción de tejidos, a menudo contaminados de barro y de la propia ropa del lesionado, de modo que la gangrena no era, en modo alguno, extraña. En la batalla, la única anestesia que cabía administrar era una gran cantidad de alcohol a ingerir, dar una rama de árbol a morder y confiar en que los forzudos ayudantes pudieran sujetar la paciente con la debida firmeza para que el cirujano pudiera actuar lo más rápido posible. Las heridas se dejaban sangrar para que arrastraran las impurezas, y se suturaban con hilo de lino o hecho de tendones de animales. Si era preciso extraer una bala de mosquete, se empleaba una pinza "sacabalas", pero si esto no era posible, se abandonaba en el cuerpo, dejando la herida abierta.

Este era el cúmulo de horrores que le esperaba aun herido de aquella época., Pero, fuera del ámbito militar, sin embargo, pocos saben que había otros medios, si bien no siempre aceptados y difundidos, que paliaban los tremendos dolores que estas cirugías asociaban. El más conocido era el láudano o vinum opii (vino de Málaga con opio, una onza de azafrán y un dracma de polvo de canela y clavo), y en general todos los opiáceos conocidos por aquel entonces, administrados por cualquier vía, incluido en colirio (también se usó así la cocaína) para extraer cuerpos extraños de los ojos, o en enema (lavativa) para los que no podían deglutir por boca.

El primer antecedente de la anestesia, entendida tal como hoy la concebimos, se debe a un gas, el óxido nitroso, que descubre Prestley a finales del siglo XVIII al tratar en caliente limaduras de hierro con ácido nítrico, y 20 años más tarde su uso lo populariza Humphrey Davis al utilizarlo inhalado, con notable éxito, para extracciones dentales. Se llamó gas hilarante, o de la risa, y su uso se desquició un tanto al generalizarse como divertimento en los salones.

La generalización de la anestesia general no llegaría hasta 1842 en que Crawford W. Long realiza la primera con éter, pero sobre todo hasta el 6 de octubre de 1846 en que William Morton administra en el Massachussets Hospital de Boston con total éxito el éter sulfúrico a un paciente intervenido por el famoso cirujano John Collis Warren. Este hecho hace dar un salto de gigante a la cirugía, que pasa de arte a ciencia, dejando de ser esclava del tiempo empleado por el cirujano para realizar una técnica.

Por último, pocos saben que quizá el que primero utilizó en España la hoy muy difundida anestesia epidural fue un médico menorquín, si bien su descripción, ya sea por humildad o por escoger mal el medio de difusión, pasó completamente inadvertida para la pequeña historia de la Medicina, y otros después se arrogaron el mérito. Pero esa es otra historia...

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