Un enemigo muy particular

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Tenía unos andares inconfundibles, encorvado por el peso de las décadas y de esas culpas humanas que asumía como propias, y como si le costara levantar con cierta armonía unos pintorescos zapatones, abollonados en su puntera seguramente por algún problema ortopédico que le hacía balancearse, aunque dada su probada piedad, no pueda descartarse la voluntaria mortificación para interceder por algunos de sus queridos descreídos, incesante motivo de preocupación, como tuve ocasión de comprobar a lo largo de su larga y fecunda vida sacerdotal.

Mi primera e indeleble imagen del padre Cots es en Santa María, echado en el suelo para lavar los pies de los mendigos en el momento, para mí culminante, de aquellos sobrecogedores oficios de Semana Santa.

Lustros más tarde solíamos encontrarnos los domingos a primera hora en C'an Merengueta donde yo compraba ensaimadas y él, algo subrepticiamente, merengues y pasteles varios.

Al verse descubierto, me sonreía como niño cogido en falta. Su otra debilidad conocida era el verano y sus baños en Binisafúller, donde también coincidíamos de vez en cuando.

Más tarde vendría lo de Es Diari, que ambos hemos considerado siempre nuestra segunda casa, él evidentemente con muchos más motivos y entorchados que este impenitente escribidor.

Empecé a publicar antes de los catorce años sin ningún problema más allá de los inherentes a ancestrales rivalidades deportivas.

Luego vendrían los años universitarios, aquellos finales de los sesenta con el "prohibido prohibir", "la imaginación al poder" etcétera, y volví a casa hecho un irreverente de tomo y lomo, como la mayoría de los de mi generación.

Por si fuera poco material explosivo para la época, el propio padre Cots nos daría alas con su gallarda actitud encarándose con las autoridades franquistas en el mismísimo templo de Santa María, hazaña que magnificó su figura para quienes queríamos cambiar aquel casposo orden de cosas.

Y así empezaría nuestra peculiar relación de los lustros venideros, trufada de encuentros y desencuentros con motivo de mis columnas, porque él podía haber echado a los mercaderes del templo pero no había cambiado sus principios y valores y yo andaba empeñado en una cruzada laicista.

Me solía llamar a cualquier hora -dentro de un orden en personas de orden-, incluso recuerdo algún que otro telefonazo recibido en el inolvidable restaurante Rocamar, para reconvenirme, siempre con enorme dulzura y sin amenaza alguna de censura, por alguna opinión mía especialmente descarriada.

Creo que en una ocasión lo solivianté más de la cuenta, no me lo dijo pero se lo leí, a raíz de manifestar mi profunda admiración por la figura humana de Jesús sin recalcar su carácter divino.

Acudía regularmente a mi consulta profesional donde sólo hablábamos de sus maltrechos pero vivaces ojos.

Creo que siempre pensó que aquel insolente era recuperable. Lo que ya no sé es si era consciente de que el columnista/oculista descreído y lenguaraz practicaba su misma filosofía vital: querer a todo el mundo, perdonar las ofensas y jamás tirar la primera piedra.

Aunque no creyéramos las mismas cosas.

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