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Se te hace cada vez más difícil hablar con Roig. La vida, su vida, se diluye en los días y el futuro será, pronto, su presente. Es un proceso lento que duele. Recuerdas los versos de Raimon (ese Raimon de ese tiempo en el que todavía creíais que la Democracia era –es– otra cosa distinta a ese cocido actual en el que todo se mezcla y en el que todo vale). El mismo cantautor que buscaba a Dios. El mismo que exclamaba: "Som, però com llum que s'enfuig, que s'apaga". Roig, tu compañero (el que buscaba ansioso por su piso la presencia de tu madre tres años después de su fallecimiento y que, al no encontrarla, te increpaba con unos ojos en los que anidaba la tristeza y te tocaba con su patita derecha en busca de imposibles respuestas) por lo menos no tiene conciencia plena de lo que le ocurre. Y te alegras… Por eso intenta –cada vez con más dificultad– jugar contigo a tu llegada –como siempre– o mostrarse inusualmente pretencioso en puntuales encuentros con hembras que deambulan con sus dueños por el barrio… Pasa, hoy, largas horas en reposo por la enfermedad, pero con su mirada invariablemente dirigida hacia ti, en busca, tal vez, de una explicación de la que careces o de una seguridad que sí intentas transmitirle… Mientras escribes estas líneas en un domingo esbozado con paletas de pintor en las que únicamente los tonos grises sobrevivían, adquieres la lacerante idea de que esta será, probablemente, una de vuestras últimas conversaciones. Esas que, sin embargo, seguirás manteniendo con Roig, un Roig que estará distante, pero estará… Nunca concebiste un cielo sin animales, por la sencilla razón de que el cielo sólo puede estar habitado por blancos, bondades, ternuras. Y de eso, él sabe mogollón…

Intentas distraerte. Intentas distraerle. Así que, abúlico, introduces una de esas películas que te regalan, en domingo, los periódicos. También estos son una especie, hoy, de ensaladilla: medios que, en aras de una rentabilidad vital, son capaces de arreglar tanto un roto como un descosido. De hecho, en ocasiones, resulta difícil localizar el diario entre tanto suplemento, tanta revista del corazón, manual de autoayuda, guía para adelgazar, película, gafas de sol, banderita y… ¿Para cuándo una carretilla? A la salida de la librería al pobre comprador le ocurre algo parecido a lo del rotativo… ¿Dónde estará? Y es que cuesta visualizarlo. Si pasara por la calle algún paranoico pensaría, alarmado, que la tierra ha sido invadida por una especie de cúmulo de objetos raros que son, incluso, capaces de caminar…

–¿De qué película se trata? –te pregunta Roig-.

–De "King-Kong", pero no el clásico, Roig… Un "remake"…

Y, de repente, te das cuenta de que King-Kong no te asusta. Lo que de verdad te asusta es la Prima de Riesgo, a la que nadie, curiosamente, y hasta ahora, le ha dedicado una película…

–El cine no es lo que era –te comenta–.

–Nada es lo que era…

Roig tiene razón. A la postre entiendes la falta de ingenio de los guionistas. No hay "siete magníficos" que acudan a vuestro rescate, porque el rescate es ya otra cosa y los siete héroes son ahora meros especuladores. No hay, tampoco, duelos al sol. Los duelos se desarrollan en despachos exentos de poesía. Nunca al amanecer, como en los buenos "westerns"…En el atardecer, por lo de la nocturnidad y la alevosía… Los villanos son casi todos y el pueblo, expoliado, no tiene un Yul Brynner al que recurrir… "Espectra" y el "Dr.No" dan risa si se comparan con los grandes poderes pecuniarios que rigen los destinos del mundo, más allá de estados y de gobiernos. Y, como en la película de Mateo Gil de 1999, nadie conoce a nadie… Incluso James Bond 007, el infumable 007 de Daniel Craig, ha perdido el humor y la sorna con la que alegró tantas tardes de cine en sesión continua…

–¿Pesimismo? –te inquiere Roig–.

–Me temo que simple constatación…

Y mientras las salas intentan sobrecogerte con las tres dimensiones, nada te impresiona a estas alturas. Incluso asistes a la muerte en los corazones de los grandes géneros. El cinismo de ZP deja en ridículo al propio personaje de Ian Fleming; Rajoy se asemeja a Papá Noel, pero no reparte, como en las películas de Disney, piruletas y dulces regalos; la gente no canta y ni siquiera los gangsters son capaces de obrar milagros, como aquel tan bello de Capra, el de la manzana, sí, el que lograra, primero por interés y, luego, por caridad, un magnífico Glenn Ford.

–Las gentes roban como Marnie, Roig, pero no por cleptomanía, sino por codicia, sin saber que, a lo mejor, tienen la muerte en los talones y que las ganancias, como en los casinos, no se las pueden llevar… Somos tan estúpidos, que los personajes de Jerry Lewis sufrirían hoy un inmisericorde E.R.E.

–¿Y "Los pájaros"? ¿Y "Psicosis"? ¿Y…? –intenta convencerte Roig–.

–Los pájaros son otros y las puñaladas también …

–¿Qué propones?

Aceptas su juego. Tal vez el cine no esté muerto del todo y podáis encontrar en él el mejor de los programas electorales. El que contendría –es un decir– la solidaridad de "¡Qué bello es vivir!"; la Iglesia de "Las sandalias del pescador" o de "La Misión"; la política de "Caballero sin espada"; la regeneración personal de "A propósito de Henry"; la ética del Tomás Moro de "Un hombre para la eternidad"; la capacidad transformadora del arte de "La vida de los otros"; la paternidad del Atticus Finch de "Matar un Ruiseñor"…

–Pues eso.

Y es curiosamente Roig quien impregna de luz, pese a su estado, la mañana, mientras se adormece con discreción. Y, sin verbalizarlo, le das, una vez más, las gracias. Luego, para complacerlo, y por auto prescripción facultativa, vuelves a ver "¡Qué bello es vivir!" y, al hacerlo, tu gratitud se hará extensiva a ese cine del que podéis aprender tanto y al que tanto debéis… El que, tal vez, pueda llegar a salvaros, incluso, de tanta mezquindad, de tanto desconsuelo, de tanta desvergüenza…