Es probable que lo haya dicho mil veces y con esta serán mil y una. Todos íbamos a pie, y tan felices, de ahí que tener una bicicleta para desplazarse al trabajo era cosa de senyors. La misma representaba un gran adelanto. En invierno para ir en busca y captura de los ansiados esclata-sangs. Es fácil imaginarse la cantidad de los mismos que podían cogerse en comparación con la actualidad, en que la campiña se convierte en es carrer nou, entre jubilados, parados, medio parados.

No todos se dedicaban a las setas, otros colocaban trampas para hacer acopio de los codiciados tordos. Riquísimos con col, adobados con lomo, en faixets entre los panecillos conocidos como llonguets. Dándose a conocer en diciembre de 1904 por la confitería Cardona de la calle de San Roque 35 de nuestra ciudad. Manjar exquisito para acompañar el desayuno dominguero.

Valiéndome de unos antiguos apuntes, parece ser que fue el señor Cardona al que el rey Alfonso XIII bautizó como merengueta, por obsequiarlo con diminutos merengues. Quedándole como apodo, y no tan solo a él, heredándolo uno de sus aprendices, que con el paso del tiempo fue uno de los grandes maestros pasteleros de esta ciudad.

Anotado este apunte para quien pueda encontrarlo de interés, intento de nuevo reincorporarme al transporte ciclístico. Adelanto que benefició al hombre, medio de locomoción, ideal per anar i venir d'una banda a s'altra.

Muchos de aquellos hombres dedicados a anar a cercar esclata-sangs, a su vez eran consumados pescadores, en distintas facetas. rai, volantí, vorera, amb canya, llevaban en su bicicleta, soldado en el cuadro de la misma dos anillas donde colocaban los, artilugios para la misma.

La caza, la pesca, las capturas de los productos propios de las estaciones, pasaban a engrosar la despensa familiar, añadiendo los caracoles, los espárragos, los caracolines de san Cristóbal, alcaparras.

Es fácil imaginarse, que si el máximo medio de locomoción, de la clase obrera eran las dos ruedas movidas por el pedaleo, los niños fueran al colegio con el coche de San Fernando, un rato a pie y otro andando. Los que disponían de automóvil, no lo sacaban de la cochera, a no ser para casos de pura necesidad. Las ciudades apenas tenían tránsito. Y nadie se quejaba a la hora de tener que caminar. Desde bien pequeños, iban andando de la mano de su acompañante. Uno de los adelantos del colegio Fontirroig, me refiero al primer edificio ubicado en la plaza de San Fernando, todavía faltaba mucho para que llevara el nombre del almirante Miranda Godoy, fue disponer de una señorita que pasaba a recoger a los chiquitines de sus hogares, uno a uno se daban la mano llegando a formar una larga cadena hasta llegar a la escuela.

No tan solo fue el Fontirroig, la que hizo uso de aquella modalidad, poco a poco el resto de colegios hicieron lo propio. Preguntándome el porqué las familias no regresan a los viejos hábitos. ¿Qué mejor que hacer las caminatas con los niños? Las calles no se colapsarían a la hora de entrar o salir de clase.

Fue este tema escolar, el que en la tienda de na cadireta coixa, nos llevó a discutir las noticias de la prensa, quejándose de la falta de calefacción en los institutos. Por ello nos dio la risa a las que allí nos encontrábamos de buena mañana.

Los abuelos del siglo XXI, los mismos que siempre fuimos a la escuela a pie, jamás disfrutamos de calefacción en las aulas. Yo, que fui un correcaminos escolar por las casualidades que tantas veces he explicado, en el único centro que vi y gocé del calor de un enorme brasero situado en el centro de la habitación, fue el febrero de 1956 en la Academia Cervantes de D. Juan Gomila Beleta de la calle de san Roque de esta ciudad. Jamás, en colegio alguno se gozó de calefacción de ninguna clase. A decir verdad, en el único edificio que se gozaba de la conocida calefacción central era en los cines, tanto que se publicitaba en los programas, al hacer la publicidad de la película, se añadía: calefacción central. Ello hacía que durante el crudo invierno, los miércoles y jueves a las seis y media se iniciaba la sesión continua en el Teatro Principal, llenándose a tope, desde el patio de butacas hasta el gallinero.

La actual modalidad de turistas jubilados, que algunos ridiculizan llamándoles de la tercera edad, en aquel tiempo no existían, pero militares, teníamos un mal que fer. Y representantes de comercio, otro tanto. Gracias a unos y a otros la economía funcionaba muy bien. Los bares a tope, los restaurantes también, los cines, los comercios y los talleres, de todas clases, jamás se podrá olvidar.

Junto a una de las clientas de la tienda de ultramarinos, recordamos cómo eran las sesiones entre semana. Por un duro, dos películas en butaca, incluso se podía llegar a ver un rato más de alguna de las dos.

Uno de los repartidores que se encontraba en el comercio, el cual llevaba un buen rato escuchando la conversación y se relamía de gusto recordando, aprovechó para decirnos que su familia acostumbraba a cenar en el cine, su madre les hacía una coca con pinxa, mientras en otras ocasiones aquella especie de merienda cena quedaba relegada a un trozo de pan madrileño des forn de can Tito de la calle del Carmen acompañándolo de cacahuetes que compraban en la misma puerta del teatro. Por una peseta cincuenta céntimos, te llenaban el bolsillo del abrigo o tabardo. Calentitos, recién tostados.

A Praxèdies le gustaban las castañas de la señora Teresa, una vecina de la calle de santa Catalina. Tenía su puesto en el puente del Ángel entre la tienda de máquinas de coser Singer y la tienda de tejidos Casals.

Todas las tardes, de invierno a partir de las cinco, su esposo le encendía el fuego en un bidón que había acondicionado, para poder tostar aquel sabroso fruto. Teresa, se pasaba horas sentada junto al mismo, pudiendo estar al abrigo del frío con una manta a cuadros cubriéndole las piernas, sus manos negras, tras poner y sacar las castañas del fuego. Mientras no tenía clientes iba cortando papeles de periódico que le daba el vecindario, lo hacía de manera cuadrada, quedando auténticos cucuruchos.

Llegado el verano, pasaba su negocio a la plaza Príncipe, frente a la barbería de los hermanos Orestes, donde La Menorquina de don Fernando Sintes, le montaba un puesto de helados.

Mientras tanto amparados por la oscuridad de la sala, saboreando aquella idílica merienda, con un entrañable buen estar proviniente de los radiadores de la calefacción central, el grupo mañanero de la tienda de sa botigueta de na cadireta coixa, gozamos de aquel personal que atendía a la clientela de los cines Victoria, Consey, Alcázar, Actualidades que pasó en los cincuenta a llamarse sala Augusta y que jamás hemos podido comprender por qué después de haberse invertido tantísimos millones de pesetas en los años ochenta, fuera su vida tan corta, sin producir fruto alguno.

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