Después de impregnarse con la última escena, algo debió recelar Vituco... Faltaban escasos momentos para que el árbitro diera por concluido el partido, cuando dejándose llevar por la intuición de un periodismo rabioso –vehemente, en mi lectura–, se encaminó apresurado hacia los vestuarios del equipo visitante. Encontró franco el acceso y se ocultó en las duchas en espera de acontecimientos, intentando emular –seguramente sin proponérselo– un estratégico plan homérico… Pero,

¿Qué había ocurrido para que el reportero emprendiera tan aventurada acción?

El encuentro discurría, casi agotadas las fuerzas de los contendientes, por los últimos instantes; 1-0, en el casillero. Entonces le llegó el esférico al veinteañero y malogrado jugador coruñés Rodolfo Rábade quien, tras sortear a su marcador (Gonzalvo III), se enfrentó al cancerbero barcelonés al que también dribló para meterse con el balón asido a los pies dentro de la portería visitante. Resultado: 2-0; final del encuentro...

El portero azulgrana, bautizado en el Mundial de Brasil (1950) como "El gato de Maracaná", tras encajar el gol, se desplazó hasta el centro del campo para felicitar de forma afectuosa al delantero deportivista por la maestría de su tanto. El estadio expectante; mirada afable de los propios; mirada atónita en los extraños... El señorío de Antonio Ramallets (recientemente fallecido) que por su acción y porte fue galante –forjando de la derrota una encomiable virtud–, no tuvo el mismo reconocimiento por parte de su entrenador; como suponía en su particular Troya un emboscado Vituco...

El técnico azulgrana saltó del banquillo. Se encaminó a los vestidores y tras un sonoro portazo, se situó frente a la puerta mirando fijamente a Ramallets. — ¡Oiga usted! Cómo c… se le ocurre alabar a un adversario cuando lo derrota… Eso no lo he visto jamás en toda mi vida y mucho menos delante de la afición contraria.

Así…, que sea la última vez que bajo mi dirección felicita a un jugador que le acaba de marcar un gol… (1)

El problema pudo surgir después…, cuando Daucik –ya en trance– observó la presencia del intruso reportero que, claro está, hubo de salir por piernas... Nada pudo impedir, no obstante, que el cronista deportivo y deportivista relatara su versión de los hechos. Exclusiva que en la época se encumbró hacia las cotas más celebradas del periodismo balompédico.

Vituco es el apodo –instituido a perpetuidad– del veterano periodista gallego, afecto a "La Voz", Vicente Leirachá Aneiros, quien a sus 86 años sigue deleitando a los lectores del centenario rotativo con sus breves artículos, que son –por el bello y conciso manejo del lenguaje, sin dejar de ser ecuánimes y conciliadores– oraciones de culto diario para sus devotos.

Como era natural y hasta de sentido común, la reseña del enviado especial de "Mundo Deportivo" a La Coruña –el notable periodista catalán, también desaparecido, Andreu Mercé Varela–, discurrió por otras sendas... La crónica, que se publicó el 26 de marzo de 1951 (el encuentro se había jugado el día anterior), se guiaba por la siguiente introducción: "Una inoportuna lesión de César mermó las posibilidades barcelonistas que, además, se vieron agravadas al conseguir los coruñeses su segundo tanto en claro fuera de juego…"
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(1) GEMA VEIGA. "Vituco Leirachá, los ojos del saurio". Edit. La Voz de Galicia. La Coruña, 1997