La columna

El arte de bien hablar

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Hay ciertas cosas que nunca nos enseñaron. Por supuesto en mis tiempos nunca se nos enseñó sexualidad. Creo que hoy en día se dan orientaciones con expertos para nuestros escolares, pero no sé hasta qué punto son eficaces. Recuerdo que cuando era profesor de inglés en un instituto de Badalona el director pilló a una pareja en una de las clases y el claustro votó que tenían que dejarlos en paz porque no tenían otro sitio adonde ir. Pero no creo que eso ocurra en muchos sitios. Otro profesor se fue de viaje de estudios con los alumnos y regresó con tres chicas embarazadas. Me figuro que estas cosas ocurrían por falta de educación sexual.

En mis tiempos la educación sexual era más bien represiva, del tipo no hagas cosas feas con tu propio cuerpo y no faltes contra el sexto mandamiento: «No cometerás actos impuros». No creo que esto sirviera para nada, al menos para nada bueno. Otra cosa que tampoco nos enseñaron nuca fue música. Cuando llegamos a sexto de bachillerato, en la asignatura de Historia del Arte, nos hicieron aprender los nombres y las obras de algunos compositores famosos, pero nunca llegamos a escucharlos. No creo que uno sepa música con sólo conocer el nombre de las sinfonías de Beethoven, por ejemplo. Comprendo que para eso se necesitaba un material que no teníamos, porque nadie ha invertido nunca mucho en educación en este país. Pero ¿y hablar? ¿Por qué no nos enseñaron a hablar en público? Para eso sólo se necesita salir a expresarse delante de la clase.

Nunca nos enseñaron a hablar en público. Los exámenes eran por escrito, incluso los exámenes de idioma eran por escrito, pese a que una lengua primero se habla y luego se escribe. Nunca se dio importancia al hecho de hablar fluidamente delante de un auditorio. Y sin embargo se han movido guerras mundiales con el arte de la palabra, al menos dicen que Hitler conmovía a las masas con su oratoria. He visto que los ingleses suelen hacer hablar al padrino en las bodas, claro que ellos le llaman «best man» que también puede traducirse por el mejor hombre. Si eres el mejor hombre puedes expresarte muy bien en público, pero ¿y si eres el peor? ¿Por qué no te enseñaron en la escuela? En los funerales británicos un allegado del difunto habla al auditorio, mientras que aquí suele hacerlo el sacerdote con un sermón que a menudo deja mucho que desear. Si nos hubieran enseñado a hablar bien en público a lo mejor dejaríamos oír nuestras voces y defenderíamos mejor el interés común.