Contigo mismo

Vuestros miedos son otros...

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No se puede vivir con miedo (como no se puede vivir sin dignidad). Sentirlo es humano. No saberlo dominar, no. Pero utilizarlo en contra de un semejante –pongamos por caso un profesor y jefe de departamento- constituye un acto impropio de todo dirigente. Los valientes –lo dijo Goscinny- no son los que desconocen el temor, sino aquellos que lo saben analizar.

- ¿De qué manera? – te preguntas-.
- Racionalizándolo. Enfrentándose a él. Descubriendo su naturaleza. Buscando soluciones…

Pero hay políticos que no están por la labor. Racionalizar implica descubrir, en ocasiones, una verdad no siempre amable y, por tanto, incómoda; la que, tal vez, os muestre una imagen de vosotros mismos desalentadora. ¿Cómo enfrentarse, pues, a ella? ¿Cómo aceptar  que la naturaleza de ese pavor anida en vosotros mismos y en vuestra posible carencia de ética? Y, a partir de ahí, ¿qué solución hallaréis si ésta presupone una ineludible y costosa regeneración personal? Un ejemplo reciente resultaría paradigmático. Se puede sentir terror ante dimisiones en bloque por la imagen que, esos ceses, dibujan sobre vuestra gestión. ¿Racionalizarlo? No. Hacerlo habría supuesto una reflexión sobre si lo que se ha hecho y se está haciendo desde las alturas es moralmente aceptable. Preguntarse, en definitiva, por qué se producen esas renuncias en los centros educativos…

- A tu modesto  entender se ha optado por la calle de en medio…
- Proyectando el propio miedo hacia quienes lo provocan, cuando el «provocador» es, a la postre, uno mismo…
Sentada esa premisa, la herida no tan solo no se cura, sino que se expande… ¿Cómo luchar contra una enfermedad a partir de un diagnóstico equivocado? ¿Cómo intervenir quirúrgicamente si la naturaleza del mal es otra, la que un talante no dialogante se niega a asumir?

No sabes si el análisis de unas cartas de dimisión de unos jefes de departamento y de las respuestas de unos directores atemorizarán a sus autores. No sabes, tampoco, si esa es la intención. Como sabes que –de serlo-  estaríais, probablemente, ante un hecho gravísimo de imprevisibles consecuencias. Pero lo que sí sabes, tras treinta y tres años de ejercicio, es que los docentes– salvo escasísimos casos que se venden demagógicamente ante la sociedad como representativos- han aprendido a vencer el miedo, porque reconocen en su oficio, sobre todo, vocación. Habéis convivido con él. Y seguiréis haciéndolo: miedo a que ese alumno brillante no pueda acceder a la universidad por falta de recursos; a no atender adecuadamente a un chaval con necesidades educativas especiales; a no saber escuchar cuando el adolescente necesita ser escuchado, antes que aleccionado… Miedo a la hora de no saber convencer a quien ha tomado una ruta peligrosa; a no encontrar las palabras adecuadas; a la impotencia que se siente cuando sospecháis que uno de vuestros alumnos no ha desayunado hoy y no por falta de hambre… Miedo a las constantes reformas educativas; al absentismo crónico que presenta un chico con una durísima situación familiar… Y miedo ante la enorme responsabilidad y alto honor que implica el trabajo que desarrolláis…
 
Esos son vuestros miedos, que no otros. Y que nadie se engañe al respecto. Esos son los temores amables que, día a día, a pie de calle, y no desde un despacho, afrontáis. Y sois valientes en la medida en que, aún sintiéndolos, los combatís, sin rehusarlos. Porque educáis con palabras. Pero también con actitudes. A fin de cuentas, en el otro platillo de la balanza están aquellos a quienes de verdad servís: vuestros alumnos. Y hay que poderlos mirar, cara a cara, limpiamente…

Esos son vuestros miedos –repites- y no las posibles consecuencias de unas cartas o de unas respuestas… Ir quemando puentes no es vuestro estilo, porque esa quema no es sino el camino más seguro para quedarse, por de pronto, aislado y dejar, en el futuro, un surco de desolación, también personal…  ¡Qué lástima!