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La belleza interior

Es de día cuando estamos juntos tú y yo; es de noche cuando nos separamos». (Pablo, el ciego, en «Marianela», de Pérez Galdós).

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Es de día cuando estamos juntos tú y yo; es de noche cuando nos separamos».  (Pablo, el ciego, en «Marianela», de Pérez Galdós).

En la novela que lleva su nombre, Marianela es una joven deforme por un accidente que tuvo de pequeña. Solo su amigo ciego podía ver la belleza de su ser interior, sin quedarse en la superficialidad del cuerpo contrahecho. No juzgaba por la impresión sensible, juzgaba por la belleza según la talla moral de la persona... Una lección serena para una sociedad occidental angustiada por el cuidado estético , una sociedad tan superficial en el cultivo de la interioridad. La belleza sigue siendo una enorme preocupación femenina, pero ¿Qué es lo realmente bello?
Aristóteles define la belleza como «aquello que, además de bueno, es agradable».

Junto a estos intentos por definir la belleza, la Antigüedad barajaba otros elementos tales como la proporción, el ordenamiento de las partes y las interrelaciones que se establecían entre ellas.  Siempre ha habido una asociación natural entre bondad y belleza.

Las mujeres tienen la tendencia a caer en la trampa que las hace buscar el molde de 'belleza', según los parámetros establecidos por las tendencias  de cada época. El propósito y el objeto de esta interminable búsqueda, suelen ser olvidados. ¿Qué belleza se busca? ¿La del aparecer o la del ser? ¿Para quién se trata de conquistar esa belleza, para una misma o para otros?

Hoy  vemos rostros con sonrisas artificiales, operaciones quirúrgicas para evitar las arrugas, inyecciones de silicona para moldear cuerpos que no tienen otro defecto que el desgaste natural del tiempo. Nos han vendido una imagen de mujer, donde se valora su apariencia pero se olvidan  de 'ella', de la mujer como persona. Y aunque muchos  criticamos el uso que se hace de la mujer en la publicidad, al final caemos en el mismo juego que nos proponen y somos los primeros en preocuparnos por el paso del tiempo: nos inquietan las primeras canas, el cruzar el umbral de los 30, de los 40, de los 50... En el fondo también nosotros identificamos juventud y belleza, porque nuestra bandera estética se reduce al margen de lo superficial y sensible. ¿Dónde está la luz del día interior del que habla el ciego?

El rostro de una mujer que ha sido marcado por las numerosas tormentas de la vida puede ser hermoso. Sea cual sea su edad, tal como ocurre con las vetas de la madera, cuya belleza tiende a ser más profunda con el paso de los años, la belleza de una mujer que ha resistido las dificultades de la vida brilla con un esplendor que se destaca. Hay rostros de mujeres ancianas que irradian algo que no se vende en nuestro atareado mundo: una belleza pacífica, serena. Esa belleza crece con el tiempo, porque el tiempo verifica y purifica lo que nos hace grandes: la capacidad de amar que posee el ser humano. El paso silencioso de los años engrandece a la mujer que ha vivido en orden al darse y no al 'buscarse'. La mujer que ha sido llamada a educar en el arte del amor desinteresado es verdaderamente hermosa cuando ha sido fiel a sí misma, aunque su cabello luzca blanco, o tiemblen ya sus manos. Por eso un rostro anciano puede ser atractivo. Quizás detrás de esos ojos compasivos se esconden muchas lágrimas, detrás de esas arrugas no maquilladas se oculta mucho dolor porque el amor es donación, es buscar el bien objetivo del otro, y por eso muy a menudo, el amor duele.

 El amor no es un maquillaje que se quita en la noche; su huella en la persona es indeleble y no se borra con el paso del tiempo.