Contigo mismo

¿Qué precio tiene usted?

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Entraste, hace décadas, en un instituto, esperando hallar el calor humano de una escuela... En el futuro –temes-  encontrarás una empresa. Así –y no por deseo de los que curran a pie de obra- un alumno es, ya ahora, un cliente; los resultados se han de medir en términos empresariales; los conocimientos han de ser útiles (entendiendo por útil aquello que sirva a la producción y a la ganancia) y la sabiduría, rentable... Buena prueba de ello serían –lo sabes- las pruebas que se efectúan sobre la calidad de los centros, cuyos medidores han sido directamente extraídos de los utilizados por las grandes multinacionales... No te agradaría comprobar, no, como, en un mañana más o menos lejano, el sistema educativo fuera precisamente eso: una multinacional. La última reforma educativa (¿cuántas llevas ya?) apunta, amarga y aterradoramente, hacia esa hipótesis/realidad... Y es que el capitalismo se ha desmelenado como agua silenciosa que se filtra, imparable e indetectable, copando todo tipo de parcelas personales, incluso las más íntimas y entrañables, sin que, tan siquiera, os hayáis dado cuenta. Así, los "mass media" se preocupan más que por la calidad de sus programas, por los índices de audiencia al determinar éstos los réditos económicos. La imagen de la cadena o el daño ético que sus programas puedan ocasionar, su prestigio, cuando no su dignidad, dejan de ser relevantes, porque lo que importa es la ganancia. Puede que, incluso, cuando se hayan transgredido todos los límites, se rice el rizo y se emita en directo una ejecución o una eutanasia o... De hecho –lo recuerdas perfectamente- ya se produjo algún intento en este sentido...

Y, algún día, venderemos a un ser humano, porque su humanidad será un producto...

Como el aleteo de una mariposa, o la caída lejana de una ficha de dominó, el neoliberalismo sin corsé se ha instalado en vuestra concepción del mundo y de vosotros mismos. Un buen padre será, por ejemplo, no tanto el que se preocupa por y con sus hijos, sino aquel que los aliena con el último modelo de móvil o con el juguete más caro... Y muchos acuerdos de divorcio antepondrán el reparto del botín al daño que se infringirá al otro...

¿Y el prestigio de una marca? ¡Al carajo! La empresa modelo será la que sea capaz de anteponer a su buen nombre un balance anual satisfactorio. ¿Cuánto ha de durar la tele? Lo que la garantía... ¿Y la reputación? ¡Que la zurzan!

Obras teatrales minimalistas, películas taquilleras, best sellers... ¿La cultura? No cotiza, desde hace ya mucho, en las bolsas de la iniquidad...

- ¿Y el deporte?

Incluso a esos confines ha llegado la praxis utilitarista: la belleza de la cantera se ha visto sustituida por esa otra: la del abultado talonario... Paralelamente, un obrero ejemplar, fiel a la empresa desde, tal vez, su adolescencia, honrado, trabajador, será expulsado porque su adiós mejorará en unas décimas un estado de cuentas, ese que se ha de presentar en la próxima junta de un  consejo de administración que depende a su vez de otro y ese de un tercero y, así, sucesivamente, hacia el centro, siempre inalcanzable, de una telaraña hábilmente urdida, no ya por políticos –que también-, sino por auténticos enajenados por la codicia...

Y ahora, como educador, te preguntas si se puede/podrá educar así... En el instituto con sabor a fábrica, las clases son ratios; los niños, números; los profesores de humanidades, leprosos; los conocimientos, parámetros; los objetivos, balances; la preparación, pragmatismo; el razonamiento, competencia... ¿Dónde anidarán los sentimientos y la extrema utilidad de lo mercantilmente inútil? Nadie irá a buscarlos. Nadie permitirá que los busquéis. No vaya a ser que os deis cuenta, al hallarlos, de que, desde hace tiempo, demasiado tiempo, estáis expuestos en un mercado para ser vendidos, bajo el manto ilusorio de una humanidad que os está siendo arrebatada, mientras apenas es audible  el sonido de una caja registradora...