La columna

Desierto

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La famosa cita de Milton Friedman, que por lo visto se ha interpretado equivocadamente, dice: «Si pusieras al gobierno a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habría escasez de arena». Pero Milton Friedman era un ideólogo del neoliberalismo a ultranza y no dijo esa frase para criticar la corrupción, sino para destacar que según su ideología lo estatal es malo y funciona peor que lo privado. No voy a hablar de corrupción, sino de desierto. No un desierto de arena, sino un desierto de asfalto, que es lo que podrían llegar a ser nuestras ciudades si la tan traída y llevada despoblación del país se agudizara hasta adquirir las proporciones de plaga bíblica. Dicen que por primera vez desde 1939 España está perdiendo población a causa del bajo índice de natalidad, pero también por culpa de la crisis, que hace que muchos emigrantes regresen a sus países de origen y que los jóvenes busquen trabajo en el extranjero al no encontrarlo por aquí. En fin, «¿Crisis? ¿Qué crisis?» decían los Supertramp ya en 1975. Era el título del primer álbum que publicaron. Ha llovido mucho desde entonces. En España hemos conocido tres jefes del estado y siete presidentes del gobierno, y las arenas del Sahara siguen cayendo sobre nosotros cuando el aire cálido del desierto se enfría sobre Europa, y no muestran signos de agotarse.

Tampoco creo que nuestras calles vayan a quedar desiertas de la noche a la mañana, aunque sí es preocupante que la gente se lo piense dos veces antes de tener hijos, que no haya oportunidades para los jóvenes o que no sepamos qué hacer con nuestros padres cuando ya están rematadamente viejos por culpa del aumento de la esperanza de vida. Todos estos argumentos y algunos más eran los que esgrimían nuestros educadores en los años 50 para explicar la «necesidad» de las guerras. No se les ocurría que si dejáramos de armarnos para la guerra no tendríamos escasez de comida en ningún rincón del mundo y seguramente seríamos todos ricos. Entonces, cuando el fantasma de la guerra había pasado sobre toda Europa, cuando el turismo era prácticamente inexistente, cuando la calle donde yo nací se llamaba camino de Santa Bárbara y estaba tan despoblada y desierta como una aldea tercermundista. Tenía cuatro amigos en las cuatro casas de los alrededores y en cambio en el cuartel vecino había muchísimos soldados; entonces, cuando en las noches de tormenta, entre los flashes deslumbrantes de los relámpagos, Santa Bárbara salía al campo toda vestida de blanco.