No tengo ni idea de lo que pasa por las cabezas independentista de Mas o Junqueras. Quizá ni ellos mismos hayan sopesado el verdadero alcance de donde han ayudado tanto a llevar a la ciudadanía catalana para creerse que tras el 9 de noviembre van a ser ya independientes en un país de vino y rosas, un país de las maravillas con ellos aupados a la más alta dignidad, con una varita mágica en cada mano para obrar por ejemplo el milagro de que la España madrastra y desnaturalizada que tanto les roba no les tenga que dejar, como la última vez, miles de millones de euros para evitarles la bancarrota.

No soy partidario de los paralelismos, pero somos humanamente en política tan previsibles, tan poco originales, que los paralelismos abundan más que las setas en la otoñada.

Lejos, o quizá más a la mano de lo que cabría pensar, están los discursos de Companys o de Macià. Al fin y al cabo, para un empecinamiento independentista, 84 años no es nada.

Aquello acabó muy malamente un 6 de octubre de 1934, en que en mala hora tuvo lugar una rebelión de la Generalitat contra una República a todas luces legal. La asonada sui generis se saldó como se sustancian estos dramas humanos, con varias decenas de muertos (46 personas). No creo que seamos tan torpes para que la experiencia y la historia no les haya enseñado nada a Mas o a Junqueras. Pero no sobra advertir que cuando se postula por una idea imposible desde la legalidad, sin meterse de lleno en la ilegalidad, cuando se crea una atmósfera tan pesada y densa como la que algunos dirigentes catalanes han creado a fuerza de machacar continuamente con la oratoria del mismo martillo, el mismo hierro de la ciudadanía durante años, ahora creen que ha llegado el momento de que las palabras y las promesas se conviertan en hechos. Por eso el fracaso, de darse, puede traer consigo reacciones impensadas con un grado de violencia que puede degenerar en cualquier desastre, dios no lo quiera, del que sin duda sus promotores deberán de ser señalados de inmediato como culpables, toda vez que de tener éxito no tendrán ningún reparo ni pudor en mostrarse como los padres de «la cosa», los artífices, los libertadores del yugo que según ellos tanto les oprimía.

Para mí tengo que a medida que va acercándose la fecha del referéndum o consulta, empieza el miedo a mostrar su inequívoca presencia: «La Generalitat admite que el referéndum puede aplazarse». Luego, más tarde, rectificaron diciendo que no. Y Esquerra responde que CiU «ha decidido suicidarse» (titular en la portada de «El País», 13 de agosto de 2014).

De lo que no me cabe duda es que los promotores hace tiempo que tienen ya bien estudiada la respuesta. En realidad tienen dos respuestas: una por si sale bien y otra por si sale mal. Si sale bien, el mérito será de la ciudadanía y por supuesto de ellos. Si sale mal, ni será por culpa de la ciudadanía ni por culpa de ellos si no de la intolerancia y de la orfandad democrática hacia Cataluña por parte del resto de España.

La opresión económica y el «España ens roba» tan aireado ahora, debido a los acontecimientos propios, ha quedado tan vapuleado que para calentar la consulta, es mucho mejor buscar otra oratoria urbana, alejada, ya digo, del España ens roba, porque si no se puede llegar a lo peor de una oratoria enfangada hasta las cejas por una millonada de euros según lo confesado y publicado, oculta 34 años fuera de España por un personaje que el catalanismo ha tenido como un referente de la dignidad catalana. Y ahora cuesta mucho pasar de gran señor a villano. Lo que aún no se me alcanza es cómo a este hombre se le ocurrió confesar un pecado tan grave que llevaba 34 años cometiendo y ocultando. Bien está confesarse, pero para lograr la absolución de semejante pecado, la penitencia, de ninguna de las maneras, puede ser pequeña.