Asseguts a sa vorera

Historias de aulas

El sabiondo, el tontito, la repipi, el feito y el gordito se han extinguido en las aulas. O los hemos extinguido, según se mire, porque haberlos, como las meigas, haylos

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El sabiondo, el tontito, la repipi, el feito y el gordito se han extinguido en las aulas. O los hemos extinguido, según se mire, porque haberlos, como las meigas, haylos. Ahora que nos hemos vuelto apóstoles de lo políticamente correcto, el primero es aquel que didácticamente va sobrado, el segundo es todo lo contrario, la tercera es la que presume de un exceso de carisma, del cuarto solemos decir que tiene una personalidad curiosa y al quinto nos lo queremos cargar subministrándole en vena unas dosis desproporcionadas de verdura hervida e insípida, aniquilando cualquier chuchería de su dieta.

He empezado un máster para ejercer algún día como profesor. Tras el rato que llevas frecuentando este coto privado de ideas que compartimos quizá te horroriza la idea de que parte de la educación de tus pequeños recaiga en estas manos más acostumbradas a escribir de esto y de aquello, pero juro que si se da el caso lo haré lo mejor posible.

Guardo con mucho cariño mi época en La Salle Alaior y en el IES Pasqual Calbó. Recuerdo que no era buen estudiante, que en lugar de coleccionar estrellitas o puntos positivos, a mi se me daba mejor recibir un día sí y otro también notas negativas y en rojo en la agenda. «No ha hecho los deberes...», «no escucha en clase...», «llega tarde...». Creo que aún tengo el récord de notas negativas en un año, si los profesores no se han cargado aún el cruel y humillante método. Era el Cristiano Ronaldo en lo mío.

La realidad en un aula ha cambiado mucho desde entonces hasta ahora. Antes, al profesor se le escapaba algún capón y a ti te tocaba aguantar como a un jabato. Algunos coincidirán en que el 'hermano Puça' tenía una muñeca privilegiada para ello. En casa lo contabas y tus padres y lo veían justificado porque un maestro lo era todo y el respeto que infundía se lo había ganado ejerciendo firmemente. Ahora, con esto de ser políticamente correcto, el profesor tiene que aguantar que lo humille un niñato y si el asunto se pone peliagudo soportar que los padres vengan a pedir explicaciones.

Tengo la sensación de que en algún momento lo de ser políticamente correctos se nos fue de las manos. Que quisimos tratar a los alumnos como adultos diminutos cuando lo que necesitan es ser simplemente niños, con sus travesuras, sus insultos, sus rodillas peladas y todo lo que nos ha llevado a ti y a mi hasta donde estamos. Enseñarles que la vida es una aventura maravillosa que deben disfrutar saboreando y exprimiendo cada etapa. Quizás no sea la enseñanza más políticamente correcta pero cómo nos hubiese gustado que alguien nos lo explicara en su momento. ¿O no?

dgelabertpetrus@gmail.com