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Me enfrento al rollo de papel gigante y a la cinta adhesiva comunitaria que han dispuesto en la mesa de envolver regalos, a la puerta del supermercado, después de pasar por caja. La verdad, ahí se echan de menos unas manos expertas y un lazo como los de antes, rizadito, con su adhesivo encima y un «deseo que te guste» o un «felicidades». También hay momentos punta en esto de envolver la ilusión, la Navidad es uno de ellos. El gesto, con más o menos acierto, se va repitiendo cliente tras cliente, aunque luego el envoltorio no sirva para mucho, y se rasgue con torpeza y manos nerviosas cuando llegue el momento de ver qué hay en el interior.

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Después, las cajas, los papeles, las bandejas de plástico, las botellas, los envases, los lazos....todo irá -en el mejor de los casos previamente seleccionado-, a las bolsas de basura y a los contenedores. Para nosotros, fin de la historia. Dejamos de ver el problema, no queremos que los residuos se acumulen en nuestras casas así que los mandamos a ese otro circuito, más feo y maloliente, que es el del tratamiento de esa basura. Hoy por hoy, y en un mal momento del año en cuanto a generación de restos de todo tipo, el problema de la planta de Milà es de primer orden. Se acumula la basura y su tratamiento se ha interrumpido debido a las filtraciones detectadas en las celdas en las que se depositan los residuos. La primera pregunta que surge es cómo es posible que poco más de un año después de inaugurarse una obra surja un defecto de esta magnitud. Lo urgente es la reparación de las filtraciones, después aclarar por qué se han producido y exigir la responsabilidad en el material, la ejecución o el diseño de la obra a quien corresponda. Y es necesario informar con claridad sobre si la basura se va a Mallorca o no, si habrá que pagar más por ello, o si el sistema que ha funcionado hasta ahora podrá seguir haciéndolo, ya que es un tema sensible.