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A veces me pregunto cuantas vidas puedo llegar a tener. No, no me refiero al fenómeno de reencarnación, aunque estoy convencido que vidas anteriores a ésta he tenido, pero eso es difícil de probar. Me refiero en este periodo vital que me ha tocado, cuantas vidas distintas se pueden desarrollar.

La vida que uno tiene no es solo debida a uno mismo, en gran parte es debida al entorno en que nos movemos. Nuestros gustos y forma de actuar están muy afectados por ese entorno que nos moldea. Si cambiamos radicalmente de entorno, nuestra vida cambia.

Esos cambios de vida al cambiar el entorno es algo que he podido experimentar. Por mi trabajo, he frecuentado y pasado tiempo en una serie de ciudades con culturas muy dispares. En cada una me procuraba crear un entorno de forma que al regresar a ella me encontrara en ambiente familiar. En cada una acabé teniendo una vida que continua cada vez que me vuelvo a sumergir en su ambiente.

Una ciudad que visitaba con frecuencia y pasaba temporadas es Kyoto, en Japón. Una ciudad muy interesante con un ambiente y cultura totalmente distintos a los que yo crecí. Casi siempre iba al mismo hotel o apartamento dependiendo de la duración de mi estancia y acostumbraba a visitar siempre a los mismos bares y restaurantes.

El sushi siempre me ha gustado, y los bares de sushi son comunes en la ciudad. Al principio me costaba algo el pedir lo que quería, el japonés es complicado leerlo. Uno puede acostumbrarse a los dos silabarios, son unas decenas de símbolos solamente, pero los jeroglíficos o los aprendes de pequeño o es imposible.

Al principio lo más fácil era ir a los llamados bares mecánicos. La barra es elipsoidal y sobre hay tres niveles de cintas móviles, como la de las maletas en el aeropuerto pero en pequeño. Detrás del mostrador van haciendo platitos con sushi y los ponen en la cinta y tu vas cogiendo los que te apetecen. Al final cuentan los platitos vacíos que tienes y te cobran. No hay problema de lenguaje.

Durante el fin de semana, los paseo por el Higashiyama son muy agradables. La ladera está llena de templos Budistas y Shinto. Esos templos de madera construidos encajando las pieza y sin clavos son una maravilla de construcción. Los jardines extraordinariamente cuidados con sus árboles cuidadosamente recortados. Allí es donde decidí tomar lápiz y papel en vez de la cámara fotográfica. La paz que se respiraba se prestaba a sentarse y dibujar.

Ese ambiente de paz se respira en toda la ciudad. Los japoneses son extremadamente honestos. En una de mis primeras visitas fui a comer a un restaurante cercano al hotel. De vuelta a mi habitación, ya me preparaba para la noche cuando llaman a la puerta, era el camarero del restaurante. Venía a devolverme un dinero que me habían cobrado demás. Era solo el equivalente a unos pocos euros. No sé como pudo identificar donde me albergaba, supongo que era uno de los pocos gaijin (guiri en japonés) que estaba por allá. Una historia como esta no pasa en otro país.

Naturalmente tengo allí mi grupo de amigos y colaboradores con los que aparte de trabajo, pasaba ratos de ocio. Todo un ambiente, toda una vida que volvía a vivir una vez salía del avión y ponía los pies en la ciudad.

Así me pasa con otras varias ciudades. Boston por ejemplo, otro mundo distinto, allí en vez de bares de sushi lo que frecuento son los pubs irlandeses. En Boston durante el fin de semana, los paseos son junto al río Charles o alrededor de Harvard Square, en donde puedo visitar las maravillosas librerías de la zona. Es otro mundo totalmente distinto. Lo mismo podría ir contando de ciudades como Madison y Austin.

Naturalmente, también en mi lista de vidas hay las que vivo en ciudades españolas como Mahón, Madrid y Barcelona. Ahora he vuelto a mi vida madrileña por unos meses, y como en todas esas otras ciudades, una vez aquí me parece como si nunca hubiese estado en otra parte, mis otras vidas son como un sueño.