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El pasado jueves, en un viaje de ida y vuelta a Palma, estuve sentado junto a un señor, ciutadellenc por acento, a quien, mientras el avión despegaba, oí vagamente decir:

-Soy un asiduo lector suyo, encantado de conocerle.

Me dijo su nombre, pero dadas la circunstancias, no lo retuve: durante los despegues el miedo me desencaja el neuro-vegetativo.

- Y por cierto, -continuó él, ajeno a mi crisis ontológica—me llamó la atención que el otro día convocara una política revolucionaria. ¿Qué entiende por revolucionaria?

La verdad es que reivindicar la revolución en aquellas movedizas altitudes, me quedaba un poco a trasmano, pero una vez el avión hubo tomado una altura convincente, le respondí:

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-Lo que necesitan todos y cada uno de los países de Europa son unos partidos marxistas fuertes.

- ¡Por amor de Dios! Esto tiene que ser una de sus coñas marineras... Ya hemos sufrido esto. El comunismo está obsoleto, por Dios!

- No he dicho comunismo, sino marxismo. Lo que ha pasado es que la virtualidad del marxismo nunca ha sido aplicada, como le ha ocurrido al mismo Evangelio ; lo cual, empero, no descalifica la doctrina de ambos, ni aunque en algunos puntos (¡metafísicos!) disientan...

- Francamente, ¿usted se ve marxista?

-¿Por qué no? Saramago y José Luis Sampedro lo eran , y el principio de su elevado poder creativo era la ética.

Me temo que la altura de Formentor, había perdido un lector...