El jardín de las delicias

¿Continuará?

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Sentada frente a él en aquel café de Londres, la invadió repentinamente una paz que no tenía razón de ser y que era más bien incongruente con su situación actual: recién separada, lejos de su hijo -que pasaban sus primeras vacaciones con el padre en solitario-, en un país cuyo idioma no dominaba y en compañía de alguien que hasta pocas semanas atrás no era más que un simple conocido, un amigo de sus amigos, alguien con quien hasta entonces apenas había intercambiado un par de frases y del que sólo había recibido las inevitables referencias en una isla tan pequeña como la nuestra. Sabía que había vivido casi veinte años con la misma mujer, una periodista algo mayor que él, en algún lugar del campo, cerca de Ciutadella. También sabía que no habían tenido descendencia, quizá por incapacidad de uno de los dos o porque él se había negado (las versiones diferían al llegar a este punto), aunque al parecer la periodista lo habría deseado.

Que era aficionado al mundo del teatro no hizo falta que se lo dijera nadie; pudo experimentarlo por sí misma, ya que la primera vez que lo vio después de su separación fue durante la puesta en escena de una obrilla alternativa en la que él actuaba, en el patio de una antigua discoteca reconvertida en bar de copas. Más que gustarle, le llamó la atención su aspecto físico, en el que poco se había fijado hasta entonces: alto, fuerte, de miembros algo desproporcionados y con una barba tan espesa que apenas dejaba entrever sus toscas facciones. Al sonreír mostraba unos dientes de cocodrilo, separados y puntiagudos, pero a pesar de esto le pareció que le iba muy bien el papel de terrateniente mundano y arrogante que hacía en la obra. Sus expresivos ojos verdosos estaban tan circundados de cejas y pestañas que a la fuerza habían de resaltar y trasmitir las sofisticadas emociones de su personaje, y su voz era cavernosa, atronadora, capaz de sobreponerse al parloteo de los que estaban más pendientes de su móvil que de la representación en sí.

Al terminar la obra, ya era noche cerrada y un buen puñado de estrellas brillaban diseminadas por el cielo, señal de que al día siguiente haría un tiempo espléndido. Todavía se estaba regodeando mentalmente ante la perspectiva de llevar a su hijo a Biniancolla y tumbarse a leer bajo un sol de justicia, cuando sus amigos se acercaron a saludar al actor y se empeñaron en presentárselo, aunque ya había dejado claro desde el principio que habían coincidido en alguna ocasión. Lo primero que la sorprendió de él fue que no se apresurara a besuquearla como el resto de cuarentones divorciados con los que había topado hasta entonces. Tan sólo le dirigió una educada inclinación de cabeza y siguió hablando sobre la obra con las personas que tenía más cerca. No fue hasta un par de horas después, cuando ella anunció que volvía a Maó cuando, inesperadamente, él declaró que la acompañaba hasta el coche... No llegaron al aparcamiento hasta la mañana siguiente. Sin ser mojigata, jamás se había acostado con nadie con tanta celeridad ni sin mediar apenas conversación. A pesar de ello, no hubo de arrepentirse. Aquella noche fue la primera de una despreocupada serie de fines de semana alternos en Ciutadella.

No fue hasta su escapada a Londres cuando sintió que realmente lo conocía, aunque siempre había estado muy a gusto con él. Sin necesidad de relatarse los pormenores de sus respectivas historias sentimentales, se encontraron con que tenían una trayectoria más o menos común. Sus gustos en materia cultural también eran similares: ambos preferían la Tate Britain a la Tate Modern, asistir a una pacata representación de «La ratonera» en el desvencijado St Martins Theatre antes que dejarse arrastrar por la marea de turistas que inundaban los brillantes musicales del Soho y, sobre todo, ambos disfrutaron lo indecible deambulando por las callejuelas más angostas de Whitechapel, que la casualidad quiso que hallaran envueltas en niebla, fantaseando con Jack el Destripador, cuya voz ella imaginaba tan truculenta como la de su propio acompañante.

Pero no fue hasta aquella tarde, la última, mientras la lluvia arreciaba al otro lado de los ventanales del café y los londinenses se afanaban de un lado para otro entorpecidos por sus paraguas, sus gabardinas beige y sus inevitables botas Hunter cuando sintió que, a pesar de su sonrisa de cocodrilo, estaba a salvo con él.

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