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Le quitamos la Torre Eiffel a Paris y le ponemos el Big Ben, y ya hemos colocado Londres a orillas del Sena. Traemos el Taj Mahal a Barcelona y ya tenemos la ciudad india de Agra bañada por el Mediterráneo. Ponemos la estatua de la Libertad en Moscú, y llevamos la Plaza Roja a Nueva York y no sabremos si estamos en la tierra del homófobo Putin, o en la ciudad donde Wall Street mueve los hilos del casino mundial.

Porque los centros de las grandes ciudades del mundo se parecen cada vez más, huelen a lo mismo, saben a lo mismo y venden lo mismo. Muchas de ellas se han convertido en una gran franquicia donde ustedes, queridos lectores, solo podrán comprar, ver y oler lo mismo que el resto de millones de personas, porque han quedado en mano de cuatro que cosen la misma ropa, cocinan la misma comida y colocan su decoración en cadena.

Y esta homogenización empobrecedora es una de las consecuencias de la llamada globalización, que no es, como intentaron vender, un intercambio cultural enriquecedor, sino un mercado global al servicio de los más ricos y punto pelota. Donde un norte, cada vez más pequeño y elitista, sigue expoliando al sur, y donde el sur crece a pasos agigantados, metiendo ahora toda la franja mediterránea europea. Por cierto, están apretando tanto que millones de pobres sureños invadirán los jardines del norte, y eso no lo pararán ni con mil murallas chinas.

Además, el ser humano no ha terminado solo con la idiosincrasia propia de cada país, de cada cultura, también se está cargando a golpe de tala, de prospección petrolífera y de vertido radioactivo toda la biodiversidad. Cada día desparecen especies de plantas y animales que nunca más se podrán recuperar. Solo en España hay más de 522 especies camino de la extinción. El animal más famoso en estado crítico de desaparecer es el lince ibérico, del que por cierto se abatió un ejemplar el año pasado en un coto de Ciudad Real propiedad de la familia Botín, donde se organizó una cacería del zorro, imagino que la carne de lince es dura para cocinarla, pero con los excéntricos gustos de los ricos nunca se sabe.

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Y es que este país no solo bate records de pobreza infantil, desigualdad social, o tasas de desempleo, también es especialista en pintarlo todo en blanco y negro. Y está falta cromática, fomentada por gobiernos muy grises, instaló el bipartidismo, el bisindicalismo, el rollo eterno de las dos Españas, e incluso el duopolio en la Liga de fútbol, todo tan igual, tan insípido y tan triste como una bolsa de patatas fritas congeladas.

En la última edición de Eurovisión, punto de encuentro de frikis, tuiteros, nostálgicos y aficionados al sarcasmo en general, solo cuatro países, entre ellos el nuestro, algo es algo, cantaron en su lengua oficial, el resto lo hizo en inglés, la lengua de Shakespeare sin duda, pero también la de Burger King, que nadie lo olvide.

No sé si después de las elecciones del pasado domingo cambiará algo sustancialmente, hemos cambiado el bipartidismo más rancio por el cuatripartidismo, pero los nuevos partidos a nivel nacional se van pareciendo un poco a los viejos. Ojala me equivoque y la esperanza optimista me dé en toda la frente, las ciudades recobren su personalidad, nos demos cuenta de una vez por todas que sin árboles no podríamos respirar, el norte sea más solidario, y los escépticos nos convirtamos en una especie en vías de extinción a la que no merece la pena salvar.

conderechoareplicamenorca@gmail.com