La columna

Caballos de San Juan

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Cuando se acercaba el buen tiempo todos éramos felices. El día amanecía más temprano y era más cálido. El aire parecía más transparente, como si hubieran limpiado el mundo en un espejo, y el cielo más claro. Nunca supe qué clase de pájaros se levantaban más pronto para deleitarnos con gorjeos alegres, complejos, como las notas arpegiadas de un virtuoso del piano. Se posaban sobre los árboles de los huertos, sobre los postes del teléfono y los cables de la electricidad, y revoloteaban contentos yo creo que porque se acercaba San Juan. Todos sabíamos que se acercaba San Juan porque los caminos de Ciutadella, aún sin asfaltar, se llenaban de caballos negros, relucientes, gallardos, con jinetes satisfechos de montarlos, ufanos por estar tan alto que casi podían tocar el cielo. Parecía que iban a romper el aire con la silueta imponente de sus monturas, con el saludo de sus sombreros de paja, como si el aire fuera un cristal muy limpio que incluso pudieran quebrar con sus sonrisas jactanciosas. Entonces todos adivinábamos que San Juan en Ciutadella era la fiesta de los caballos, que lo atestiguaban con sus relinchos en medio del gran silencio de la mañana, y de los payeses que los montaban casi por el puro placer de llamarse caballeros.

Luego, cuando pasaba el domingo del cordero —Diumenge d'es Be—, cuando llegaba la fiesta, los caballos seguían siendo hermosos, negros y relucientes de sudor, blancos de saliva o de espuma blanca, señalados con una estrella en la testuz, engalanados con flores de colores y hebillas de plata, y los caballeros eran aun más presuntuosos, elegantes en sus trajes negros y sus camisas blancas, sus sombreros de teja y sus caras atezadas por el sol. Seguían rompiendo el aire con su aspecto gigantesco, irrumpiendo en las casas con la osadía del jolgorio y con la precaución de agacharse para no romper el dintel con la cabeza, brincando en un espacio reducido donde parecía no caber ni un alfiler, desafiando toda prudencia porque dicen que los caballos de San Juan son más sensatos que los caballeros que los cabalgan y que los hombres que los espantan con sus piruetas y sus gritos de tot, tot lamo!… Caballos de San Juan, nobles brutos de una fiesta que ya desborda las callejuelas donde nació, caballeros de la tradición o quién sabe si de la devoción, aún vais merodeando los caminos de la memoria, de la ilusión, caracoleando la ronda sin fin, cabalgando a lomos del tiempo, ¡quién fuera caballero de San Juan!...