Contigo mismo

La mirada de un perro

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Caminas por la ciudad. Supongamos, como Sabina, que hablas de Madrid. Te agrada hacerlo. No se trata tanto de efectuar el recorrido de rigor, como de deambular sin rumbo para conocer la urbe verdadera y a su gente. Esa experiencia es educativa y escuela de tolerancia. Sentado, por ejemplo, en plena Gran Vía, asistes a un espectáculo multicolor de razas y credos, de ideologías y sentimientos, de ejecutivos y antisistema, de solteronas envejecidas y jovencitas que lucen palmito y de gentes que se obstinan en vivir. Saben hacerlo. Y lo hacen con respeto no sujeto a reglas, sino con el que ha nacido del sentido común. Luego vendrán políticos para poner orden al caos, sin percatarse, más bien, de que harán, entonces, lo contrario. Y aparecerán con sus etiquetas, porque si algo les pone verdaderamente nerviosos es no tener las cosas clasificadas: cada oveja con su pareja y las clases sociales nítidamente diferenciadas. Por eso te sientes urbano, porque ahí la fauna muestra lo mejor de ella misma, más que lo peor, aunque se piense lo contrario. Has visto a mendigos, mendigos y a pícaros; a virtuosos del violín y a verdaderos killers de partituras; a hombres estatua que le echaban kinders a la existencia antes que dejarse arrollar por ella y a una ONG formada por hombres y mujeres, de diferentes edades, que ofrecían, gratis, un abrazo, en un intento de dar calor humano a quien no lo tiene. Y ahí estaban, en plena puerta del Sol, dando achuchones a quien se dejara: al inválido, a la vieja desasistida, al joven tímido e, incluso, a ese policía que, emocionado, parecía gritar: «¡Eh, gracias por haberte dado cuenta de que lo necesitaba!»... Como paralelamente has visto los estragos del alcohol en el vagabundo que dormía en plena calle; alcohólico con el afecto inquebrantable del perro que duerme a su vera y está dispuesto incluso a compartir su sino...

Mirándolos te has preguntado si realmente erais libres. O el porqué de ese joven que, tocando el oboe con inusual brillantez, no pudo acceder a una sala de conciertos y sí otros con menor talento. O el porqué de ese orador brillante en la calle del Carmen que lanza a quien las quiera oír verdades como puños. O el de esa mujer que no tiene con quien dormir o el de esa fulana de lujo que tiene donde elegir. Del porqué, todavía hoy, no es lo mismo haber nacido en Vallecas que en Serrano... Por eso, cabreado, desearías darle una sala de conciertos a ese genio que toca el oboe sin público y esperanza en un oscuro recodo del metro y arrebatársela a ese hijo de papá cuya ausencia de arte fue suplida por interminables clases e influencias. Y proporcionarle al viejo del perro una segunda oportunidad, rescatándolo del ron o de lo que sea eso que va cercenando lentamente su vida y devolverlo, de nuevo, a ese día en que todo comenzó a torcerse... Y al orador, una plataforma digital, robándosela a tanto periodista de mierda y vísceras. Y a la vieja, no un abrazo, sino un compañero para lo que le quede de estar en esa o en otra gran ciudad...

Pero sabes que no puedes. Como sabes que los que sí pueden jamás patean las ciudades que dirigen y, en las pocas ocasiones en que lo hacen, la premura temporal y el muro de guardaespaldas infranqueable no les deja ver, por ejemplo, la profunda tristeza que anida en ese perro que se aferra al amo que tiene por amigo, al amo y a su destino. Por eso, cuando ejercen el poder lo hacen mal y sin corazón, al no tener ni puta idea de lo que se cuece en las calles de la desigualdad...

Pero pasas hoy de ellos y te quedas con esos ejemplos de tolerancia, con esas imágenes de quienes, habiéndolo perdido todo, aún le echan valor a la vida; de quienes cubren a los vagabundos o de aquellos que ofrecen, gratis, abrazos a hambrientos de otro tipo... Si un día quienes rigen el cotarro los vieran o fueran capaces de sentir un ápice de la tristeza de ese perro junto a su amo desahuciado, probablemente habríais alcanzado la utopía...