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Cuando Miguel despertó, el niño rubio azabache estaba gritando. La voz de la azafata sonaba por megafonía y la cabeza de María seguía apoyada en su hombro. El vuelo procedente de Madrid aterrizaba con solo una hora de retraso en el aeropuerto de Menorca. Teniendo en cuenta como habían ido los últimos vuelos de la compañía Vueling, aquello era todo un éxito.

Las cosas últimamente no iban demasiado bien, la rutina plomiza se había apoderado de su vida y eso afectaba su relación con María. Pensó que sería buena idea pasar unos días en Menorca y visitar de nuevo los mismos sitios que doce años atrás vieron juntos por primera vez. El trabajo de Miguel se había convertido en una auténtica pesadilla sin el encanto de las que narra Tim Burton. Unas condiciones laborales que empezaban a rozar la vergüenza y un ambiente asfixiante, por no hablar de la falta de perspectivas de cualquier tipo. De aquella empresa salieron pitando, después de dos ERE, la alegría y la ilusión.

Cuando uno pasa diez horas al día en un trabajo de ese tipo las relaciones personales se ven afectadas de forma muy directa. Nervios, cansancio, reproches, malos modos, silencios incómodos, una libido dormida y casi enterrada, estaban a punto de dar al traste con su relación. Menorca era la última bala en la recámara, la llave que serviría para rebuscar en el cajón de las cosas sin abrir y encontrar lo necesario para dar un giro a sus vidas. No puede ser que alguien con treintainueve años se sienta viejo, no puede ser de ninguna manera.

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Si no es ahora y no es en Menorca, no será nunca y no será en ningún otro sitio. Eso pensaba Miguel mientras María firmaba los papeles para el coche de alquiler. La observó. Deseaba oír de nuevo con ella la música del jaleo, invitarla a unas pomadas fresquitas, volverla a besar con la misma pasión y la misma hambre que antes.

Miguel quería volver a la playa de Turqueta, dormir en la arena de Cavalleria, darse un largo baño en Mesquida, pasear por los alrededores de la catedral de Ciutadella, tomarse una cerveza en Fornells y un café en Monte Toro, quería redescubrir la Isla con ella y para ella, empezar a abrir los paquetes que estaban cerrados al fondo del cajón. Esos temas importantes que siempre posponemos por otros más cotidianos, las cuestiones que siempre quedan por resolver, los proyectos que nos ilusionan y para los que nunca hay un momento. Era hora de romperle el precinto a todo lo pendiente y de recolocar las prioridades en su justo sitio.

En pocos minutos por la carretera general encontraron unas moles de hierro y hormigón que les provocaron tristeza. Quién habría sido el visionario que pensó que causarle esa cicatriz a Menorca era bueno para la Isla, que atraería mas turismo, que mejoraría la economía, que la haría más segura; quién vería algo positivo en esa megalómana obra absurda. María cogió la mano de Miguel y la apretó con fuerza. En cuanto llegaron al hotel hicieron el amor, suave y tierno, como un largo abrazo, como un cálido reencuentro, con una ternura y delicadeza reconfortantes.

Porque estamos en verano, porque Menorca, a pesar de todo, conserva su magia, porque tengo la esperanza de que la Conselleria de Turismo me patrocine este artículo, y porque después de unos años tan duros nos lo merecemos, me permito el romanticismo y les aseguro que Miguel y María van a colocar lo importante en su sitio y van a sonreír juntos durante muchos años. Disfruten de sus vacaciones, queridos lectores.