Davall l'ullastre

El discreto encanto de viajar sin maleta (I)

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¿Te parece bien, pequeña, desaparecer de casa tantos días? Creíamos que te habíamos perdido para siempre. Con la ilusión con que salimos juntos de Mahón hace diez días… Recuerdo que estabas esplendorosa, turgente, brillante, demasiado voluminosa para viajar a nuestro lado, y te dejamos unas horas de libertad. Íbamos a recogerte en Trieste pero no apareciste, y lo haces hoy ya de vuelta a casa sin haber podido compartir ni una miaja de viaje con nosotros, y gracias a un esforzado, amable y diligente detective de Aena, Pedro Valera, que empezó a investigar por su cuenta y acabó encontrándote ¡en Trieste!, o sea que pretendías viajar por tu cuenta y dejándonos a nosotros tus teóricos dueños y señores compuestos y sin ropa, zapatos ni  tan siquiera pijamas, tan necesarios a determinadas edades.

Todo empezó el día 4, en vísperas de ses festes, en pleno apogeo de la crisis de los refugiados, en la pleamar del prucés, salpimentado todo ello con un presunto caso Piqué, el único jugador de fútbol que no habla a base de tópicos y que quizá por ello es silbado cuando viste la elástica roja, aunque su carácter de catalán militante ayuda lo suyo. Nos vamos con ese baile de titulares de prensa dispuestos a disfrutar de un periplo poco convencional en un intento de sortear un turismo de masas cada vez más agobiante y conocer un país emergente, previsiblemente tranquilo y ordenado como puede ser esta Eslovenia que abordamos vía Trieste, adonde llegamos compuestos y sin maleta, asunto menor que intentamos digerir con el mejor de los talantes, al fin y al cabo el tiempo es magnífico y seguro que mañana llega a Piran, el primero de nuestros destinos, en la exigua costa eslovena, al que llegamos sin problemas una hora después (circular por las autovías eslovenas no presenta grandes dificultades ni siquiera para un conductor menos que mediocre como quien suscribe).

Afortunadamente llevamos lo imprescindible (mudas básicas, kid de higienes varias, las consabidas pastillitas de todo adolescente de la vejez que se precie, y el diccionario de inglés) en una pequeña maleta y la no menos imprescindible novela en la bolsa de mano («La familia Karnowsky», de Israel Yehoshua Singer, editorial Acantilado), por lo que la situación dista mucho de ser desesperada sino más bien, como diría un coach, una ocasión de oro para reinventarnos en la forma de viajar y ver las cosas positivamente. Así que a darle gustito a la visa y a comprar ropita para que los senectos adolescentes puedan cambiarse. Es lo que hacemos en contra de nuestra inveterada costumbre de no ir de compras en nuestros viajes (salvo librerías y hallazgos inesperados), aprovechando el primer paseo por la joya costera eslovena, un pueblecito de aire medieval que ocupa una pequeña península en forma de punta de lanza que se adentra en el Adriático.

Unos deliciosos raviolis con trufas, que aquí son abundantes y asequibles, en el propio Hotel Piran donde nos alojamos, acaban de arreglarnos un día difícil pero prometedor… Antes de apagar la luz, navego por la tablet buscando inútilmente razones de la sinrazón, el drama de los refugiados que se juegan la vida para escapar del infierno mientras Europa, tradicional tierra de acogida, se debate  entre la razón humanitaria y la razón de estado, el espacio Schenguen y las alambradas, el horror y la compasión, los ramalazos ultranacionalistas y el deber ético. Echo una última mirada al mar iluminado, y siento el corazón de las tinieblas tan cerca, tan lejos.

El amanecer sobre un esplendoroso Adriático nos hace olvidar definitivamente sinsabores secundarios y nos dedicamos a disfrutar de una pequeña y singular ciudad que en su cara sur ofrece una ristra de magníficos y asequibles restaurantes y zonas de baño para los turistas, y en la norte, un largo macar donde los nativos toman sus baños de mar. Por lo demás, la ciudad exhala paz y tranquilidad por los cuatro costados, desde su largo perímetro costero hasta su colosal plaza Tartini, con sus casas venecianas y sus majestuosos edificios institucionales, sus empinadas callejuelas que llevan a la iglesia de San Jorge y, para terminar el día, la subyugante puesta de sol contemplada desde la azotea del propio Hotel Piran.

Al  abrir de nuevo la tablet, Piqué y el prucés siguen allí, pero en los paladares domina el mojito que nos acabamos de  tomar mientras se incendiaba el horizonte. Bona nit.