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Para sentir intensamente un deporte la simiente debe plantarse en la niñez. Jugar en la escuela, en la playa, en la calle; seguir la Liga, los fichajes, las jugadas, las tácticas, los ídolos, los equipos, las trayectorias, etc, es poco menos que imperioso. Un crisol de divertimentos y emociones esparcidos por el hogar, por el colegio, por la población, impregnando la atmósfera con su pasión.

Tal será el poder de este deporte que toda la sociedad girará a su alrededor; un poder, bien es cierto, que consolida la historia. Todos los lances puntuales del juego, fuera y dentro del recinto deportivo, los sostiene, ensalza y refrenda un pasado mítico. Si falta la tradición o la infancia es problemático sentir un deporte con intensidad y devoción.

Las raíces, precisamente, las raíces, son la causa de la indiferencia de la sociedad europea hacia los deportes yanquis. Admiramos uno de sus tres deportes principales, el baloncesto, pero somos escépticos en cuanto a los otros dos, el béisbol y su fútbol, deducimos gratuitamente que es una excentricidad, una americanada.

Ambos no son sin duda tan plásticos, tan estéticos, como el básket, como tampoco, convengamos, lo es nuestro fútbol. Pero...

Cuando ustedes ven por la televisión a un espectador en un partido de béisbol, con cara de aburrido, mascando chicle, esperando que el pitcher lance la bola hacia el bateador, tiene en mente un proceso muy, pero muy, interesante. Su cuerpo estará inerte, pero su cabeza va a la velocidad de la luz: aglutina las estadísticas de la temporada del lanzador y del bateador; sus respectivos historiales; el número de enfrentamientos entre ambos; si la bola será lanzada recta, ondulada, curva, lenta, rápida, etc. el repaso de los anteriores lanzamientos para preverlo. Maneja este espectador tantas presunciones como un jugador de ajedrez. Si agregamos que ama sus colores, odia la derrota y se vanagloria con la victoria, es una demostración, ostensible, concluyente, de que no solo no se aburre, sino que anda por el séptimo cielo deportivo.

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En cuanto al otro deporte, el fútbol americano, más allá de las reglas básicas del juego –completar diez yardas en cuatro intentos-, cuando dos equipos inician una jugada acontece lo mismo: los porcentajes, las estadísticas y la historia circulan por las cabezas de los espectadores a una velocidad de vértigo. Y la puesta en movimiento de una jugada conlleva una táctica elucubrada por un equipo técnico tan competitivo como el de la NASA ¡para arañar una sola yarda, no la Luna! Sucede todo, en un pis pas, intenso, ejecutado por atacantes que corren los cien metros lisos en diez segundos, mastodontitos defensas de doscientos kilos que se mueven impensablemente tan ligeros como Robin Hood y un lanzador -quarterback- con un brazo más potente que su pierna, capaz de lanzar el achatado balón a ochenta metros con una precisión asombrosa.

La grandeza de los deportes americanos es tanta que la sociedad estadounidense nunca le dedicará atención a nuestro fútbol, a pesar de ser un deporte especial, el único que se juega con los pie. Ellos están acostumbrados a estos engranajes deportivos, ajedrecísticos, incomparables. Los ojos ven que lo que ven –que no es poco- pero la mente revolotea alrededor de porcentajes y estadísticas, entrando en una dimensión deportiva que desconocemos.

Además de tener tres deportes nacionales -en vez de uno-, a diario, en USA, se pueden presenciar diez partidos, sin esperar al fin de semana, verano incluido.

La calidad de vida entre Europa y África es abismal.

La calidad de vida deportiva entre Estados Unidos y Europa también lo es.

florenciohdez@hotmail.com