La columna

Polacos

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En tiempos hubo en la fortaleza de la Mola, en la entrada del puerto de Maó, una fuerte guarnición de soldados. Para los mozos peninsulares ser destinado a la isla de Menorca era poco menos que ir a parar a África. Para colmo, cuando llegaban se encontraban con que la gente hablaba un catalán de acento tan cerrado que les sonaba a polaco. De hecho así era como llamaban a los menorquines: polacos.

Aún recuerdo el barquichuelo que les traía al amplio puerto de Maó, una motonave que olía a petróleo, con sillas durísimas en cubierta y con camarotes de tercera donde las planchas de acero sudaban salitre. Si soplaba la tramontana las travesías de invierno podían resultar patéticas, y los mozos extremeños o mesetarios, que no se habían embarcado en su vida, se pasaban la noche cambiando la peseta, como se decía entonces, hasta que no les quedaba nada en las tripas. Luego se asomaban al «primer amanecer de España», como decía la tele, oían parlotear a los indígenas, contentos de regresar a casa y empezaban a quejarse de su suerte, pues habían pasado la noche en un cascarón de nuez oyendo hablar polaco entre vómitos y rezos, y ahí estaban los polacos, al alcance de la mano, en esa tierra abandonada de la mano de Dios que entonces no era ni siquiera el rey Felipe segundo, en cuyos dominios no se ponía el sol.

Si por casualidad los soldaditos eran catalanes, tampoco entendían a la primera, como pone de manifiesto aquella anécdota en que una mujer mira la chimenea de la motonave y dice quin fum fa! Y la otra le replica fa fum fi! Polacos, polacos, polacos.

En tiempos la Mola fue un penal en el que incluso se especuló con encerrar a Tejero después de un 23 de febrero famoso. Hoy la Mola es una fortaleza de visita obligada para el turismo cultural, algo que no sé si existe, ha existido o existirá algún día.

Lo que sí sé es que Menorca sigue estando casi tan desolada y aislada como antes, pese a que hoy el turismo es su industria principal. Sé que durante la pasada Semana Santa venir en avión a Menorca desde Barcelona costaba 700 euros a una pareja, sin contar el alojamiento ni la comida, porque la pareja que pretendía venir era la de mi hijo con su novia. Un chico emancipado, que trabaja en Barcelona y que quiso pagarse el billete y no pudo, por lo abusivo del precio. Ya no está empadronado en casa, porque no reside en casa, y tampoco puede ir a ver a sus padres, si no consiente en que se lo paguen, porque le cuesta un pastón. Seguimos siendo polacos.