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La extrema masificación de las fiestas de Sant Joan puede ofrecer alguna consecuencia positiva harto discutible al tiempo que produce efectos negativos colaterales que, en este caso, no admiten excesivos debates.
Los negocios de restauración agradecen la llegada indiscriminada de adolescentes, jóvenes y adultos, fundamentalmente mallorquines y catalanes, porque en mayor o menor medida, consumen en Ciutadella y su entorno durante los días de fiesta. La masificación, además, retroalimenta la extendida popularidad de Sant Joan dentro y fuera de España como una celebración singular, estéticamente sublime y rigurosa en la fidelidad a las tradiciones más ancestrales.

Sin embargo, esa misma celebridad que atrae multitudes genera peligrosidad física, inconvenientes, limitaciones de espacio y, como acabamos de saber gracias a una brillante operación de la Policía Nacional, se transforma en un caldo de cultivo sugerente para bandas de delincuencia organizada.

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Carteristas y pequeños traficantes de droga se emplean anualmente en las manifestaciones festivas de la Isla, tal y como trasciende por las detenciones que realizan las fuerzas del orden. Se desconocía, no obstante, que Sant Joan aparezca ya en el tour de grupos criminales que se desplazan periódicamente a diversos puntos de la geografía nacional para saquear bolsos y mochilas entre la multitud durante la celebración de eventos de ocio. Estos rateros acuden para hacer caja en busca de objetos de valor y dinero. Hasta 57 móviles de alta gama y 7.000 euros en metálico y drogas les fueron aprehendidos al grupo de seis colombianos que formaban la banda, cuando les detuvieron en el hostal de Maó en el que se alojaban.

Es, en definitiva, un peaje más, de efecto negativo, a la trascendencia de las fiestas de Sant Joan, de difícil solución por más que policía Local, Nacional y Guardia Civil atinen en sus operativos. Imposible asociar la fiesta a un estado policial.