Te diré cosa

Metáforas

|

Valorar:

Hoy me he levantado un poco torcido; o quizás solo lo suficientemente desorientado como para tener ganas de entrar a saco en ese debate marmotesco que rebrota cada verano en nuestro pequeño paraíso menguante llamado Menorca. Con ganas de hacer amigos, vamos.

¿Qué modelo de desarrollo deseamos para la Isla?

La verdad es que esa pregunta tan desgastada por el uso ha tenido para mí varias respuestas a lo largo de los treinta y seis años que habito esta roqueta, aunque siempre se inclinaron hacía el lado conservacionista. Me explico.

Imaginemos a Menorca como una atractiva mujer, elegante, sencilla, noble. Si alguien va a decir que esto empieza mal (que si la metáfora es machista, etc), aclararé que para el propósito que me ocupa me serviría igual imaginar a Menorca como un bello galán, de manera que cada cual elija la opción que más le guste; yo seguiré con la versión femenina.

Bien. Esta tía buena se ve, por razones estrictamente económicas (sus vacas dan poca leche, sus productos artesanales se fabrican más baratos en China), en la penosa necesidad de seducir a un tío con posibles, que colabore en el sostenimiento familiar.

¿Qué haría usted, amable lector, en tal tesitura?

Opción A.- Intentar atrapar un pretendiente sofisticado, de esos que llevan su Patek Philippe a todos sitios - no vaya a pasar desapercibido para algún infeliz susceptible de padecer envidia-; alguien que se precipitará a exigir a nuestra heroína que se implante en los labios y en las tetas un litro de silicona (si ha elegido usted la versión Menorca/galán substituya estas exigencias por alargamiento de miembro y horas de gimnasio).

Opción B.-  Apostar por ese otro caballero, tan adinerado (no olvidemos que la novia precisa pasta) como aquel del reloj suizo implantado, pero menos exhibicionista. Un tipo al que le encanta la chica tal como es, con sus pechos moderados, su sonrisa sincera, su rostro libre de afeites, su olor a limpio, su carácter noble.

Hace poco un conferenciante economista exhortaba a los isleños a apostar con mayor empeño por el crecimiento. Parece ser que el crecimiento es garantía de bienestar. Pero ¿qué se entiende por bienestar? ¿Una paella dominguera en caseta de vorera? ¿Una vuelta a la Isla en llaüt con los amigotes? ¿Una alocada carrera hacia la pasta, el BMV, el relumbrón?

¿Necesita Menorca tiendas de Versace, espectáculo ibicenco?

Si escogemos para novio al tipo de alto nivel adquisitivo que no busca Marbellas en Alcalfar, que no se impresiona (se deprime más bien) con rotondas californianas, que reserva sus Rolex para los encuentros en la City mientras aquí viste polo, calza abarcas y le encanta tanto la belleza de Es Migjorn como la apacible sencillez de Es Grau, lo único que tenemos que hacer es no tocarle las pelotas con zancadillas absurdas. Facilitemos que los llocs que amenazan ruina se conviertan en mansiones de lujo (de ese lujo que respeta el aspecto exterior de las casas), dejemos que los predios decadentes se reconviertan en deliciosos hoteles de campaña sin buscar siempre tres pies al gato; seamos diligentes para no seguir perdiendo regatas de nivel en el puerto de Mahón, que no consumen territorio ni manchan.

Convirtamos Menorca en un espacio exclusivo para los que de fuera quieran visitarnos y hogareño para los de dentro, donde puedan seguir pescando raors, tomarse la vida con calma y sigan chalando molt.

Pero no seamos chapuzas, incumplidores. Eso no es bueno ni para Menorca ni para Getafe. No consintamos que la desidia e incompetencia de algunos de quienes nos gobiernan sea camuflada con la vitola del  progresismo. No permitamos que los que enarbolan la bandera contraria nos llenen de asfalto hasta las orejas. Exijamos respeto a la idiosincrasia de este bendito lugar, a la querencia de sus habitantes. Respetemos su versión del bienestar, no intentemos imponer una idea de progreso más que dudosa que ha llevado a payeses de Formentera a vender su apacible forma de vida a cambio de un dinero que ni siquiera llegan a utilizar.

Esto de pontificar me agota. Creo que me echaré una siesta por las dos caras.

Adéu siau.