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Desde principios de este año hasta julio el aeropuerto de Menorca había experimentado 150.000 movimientos, entre entradas y salidas, por encima de los que los que se dieron en este mismo periodo en 2015. Quiere esto decir que al menos 75.000 personas más han llegado a la Isla en lo que va de año.

Este pequeño rincón del Mediterráneo soporta durante los dos meses más agobiantes del estío en el que aparecen veraneantes hasta debajo de las piedras un creciente incremento de turistas que saturan playas y carreteras inadecuadas para asumir la presión del tráfico rodado.

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Aunque parezca contradictorio, sin embargo, la facturación del empresariado del ramo no se corresponde a esa aceleración, o esas son las impresiones primeras que han vertido responsables de negocios de restauración. Esperaban una cuenta de beneficios generosa que no está siendo tal.

El desembarco masivo de veraneantes está forzosamente relacionado con la creación de 1.640 nuevos puestos de trabajo durante esta temporada alta. Aseguran los propietarios que el notable auge de llegadas no tiene su reflejo en las ganancias porque su masiva presencia les obliga a potenciar sus plantilla para atenderles. Como muestra, un camarero de una urbanización próxima a Alaior ilustraba esta realidad contando que una familia española formada por cinco miembros se presentó a las 11 de la noche del miércoles para cenar en el restaurante y las 5 personas compartieron dos pizzas y una ensalada.

Mejoran beneficios, con seguridad, hoteles y alojamientos turísticos legales e ilegales por razones obvias ya que los que llegan deben pagar su estancia. Otra cosa es el desembolso que hagan fuera de la residencia durante sus vacaciones. Supone, en suma, una triste paradoja. Vienen más y dejan menos. Algo falla.